Egan Arley Bernal: ¿un triunfo personal convertido en triunfo nacional?

by Edición 90 | Camilo David Cardenas Barreto
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Políticos de todas las corrientes han salido a celebrar que el joven zipaquireño Egan Bernal haya ganado el Tour de Francia: desde María José Pizarro, Claudia López o hasta el propio Iván Duque. Por un momento pareciera que el triunfo deportivo fuera un sello de identidad y «unidad» nacional y las distintas vertientes políticas sistémicas estadocéntricas pudieran estar de acuerdo en lo siguiente: celebrar el triunfo de un «colombiano» y resaltar toda una serie de rasgos ejemplificantes que muestran que es posible «alcanzar un sueño» gracias a la fortaleza, la tenacidad, la disciplina. Y ante la dimensión de que un colombiano, un hombre de la periferia, haya ganado la competencia ciclística más importante del mundo, la prensa colombiana estará copada durante los próximos días de «buenos titulares», expandirá como un eco el fervor de la «alegría nacional» y por un instante el «pesimismo» de los colombianos devendrá en un frágil optimismo. Y si hay una historia de pobreza y superación personal, de romantización de las desigualdades socioeconómicas del capitalismo dependiente colombiano, mejor.

Parece, pues, que el unanimismo de actores políticos vinculados con la «disputa por el Estado» evidencia que deporte y política no tienen por qué contraponerse. Sin embargo, el problema no es ese. El problema es que construir «nación» a partir del deporte resulta débil.

La nación no es sólo «sentirse subjetivamente parte de una comunidad imaginada», sino que tiene que ver con el nacionalismo, aquel principio, dice Eric Hobsbawm —enNaciones y nacionalismos desde 1780—, que proclama que la unidad política y la unidad nacional deben ser congruentes. Los nacionalismos o los Estados construyen las naciones y no viceversa. En ese sentido, no es extraño que en medio de esa comunidad imaginada inacabada que llaman «nación colombiana» estén en disputa distintos nacionalismos que pretenden la «unidad política» de la «unidad nacional» en torno a un orden o proyecto político determinado: el nacionalismo de Petro vs. el nacionalismo de Duque, por ejemplo.

En consecuencia, si los políticos sistémicos tienen que usar los triunfos deportivos personales para tratar de legitimar sus proyectos u órdenes políticos no escatimarán en hacerlo una y otra vez, así todo esto eluda la cuestión de cómo construir un Estado-nación en el sistema globalizado capitalista que se constituya como «un mundo» donde quepan distintos mundos, si es que esa es la intención y si es que eso es posible sin erosionar y cambiar el sistema. Al fin y al cabo, un nacionalismo puede anular la diferencia mediante la violencia simbólica o física, tratar de eliminar físicamente a sus adversarios para mantener la estabilidad del «sistema» político-económico nacional e imponer un orden vigente.

Por lo cual la cuestión va más allá de celebrar un triunfo deportivo coyuntural. Pasado el alborozo por una victoria internacional, los virulentos conflictos político-económicos siguen sin tratarse adecuadamente. A comparación de las luchas de los líderes y movimientos sociales alrededor del problema social de la tierra o la exclusión política y socioeconómica, un mero triunfo deportivo personal no puede «construir una unidad nacional» que atienda a esas demandas o permita la autonomía y autogestión de comunidades como las indígenas. La pretendida «unidad nacional» se evapora en la multitud de conflictos que se tienen que dar o gestionar. Gane Egan, gane el seleccionado masculino de fútbol.

¿Cuál es entonces el límite entre un triunfo deportivo personal y un triunfo nacional? ¿Por qué se habla de «ciclismo nacional» o de «seleccionado nacional»? Probablemente la respuesta tenga que ver con los intentos del Estado y sus élites dirigentes de construir «una nación» a partir del deporte. Pero, de modo más general, el carácter nacional de lucha política también ha sido reivindicado por actores extraestatales como el Ejército de Liberación Nacional —ELN— o las pasadas Fuerzas Revolucionarias Armadas de Colombia —FARC—. El propio Frantz Fanon situó las luchas anticoloniales africanas en el orden «nacional». El caso del hoy partido FARC es curioso, pues personas como Pablo Catatumbo se han sumado al fervor nacional deportivo y transmitido los mismos mensajes de superación de siempre. Su ascenso a la esfera estatal pueda que tenga que ver.

Se puede afirmar, entonces, que hay «nacionalismos» en disputa, con concreciones distintas y diferenciadas en términos de lo que sería sociopolíticamente la «nación colombiana —o las “naciones”—». Es un asunto complejo. Para algunos la nación la habrá construido las guerrillas o las exguerrillas; para otros, el Ejército o incluso sus aliados empresariales y paramilitares. Para otros, ni el Estado, ni las guerrillas, ni los paras. Pero algunos elementos como el deporte parecieran ir más allá y cohesionar al grueso de los pueblos y gentes en una «comunidad imaginada» por unos breves instantes. Una «comunidad imaginada» que se imagina de distintas maneras por parte de los actores y movimientos sociales. Es tan complejo el fenómeno que hasta se ha llegado a decir, falsamente en todo caso, que en Colombia no hay nación. Esa es la magia e ilusión de unidad nacional del deporte, tal vez porque ante la exclusión estatal en él se ofrece la promesa de ascenso social de gente «del común» y los comunes nos reflejamos en ellos, los deportistas, que son, en general, hombres; entretanto, la política suele brindar frustraciones continuas y, en el peor de los casos, muerte.

¿Y cuál es el punto de toda esta confusa perorata sobre el deporte y la nación colombiana y que acaso sirva como una introducción al tema? Egan Bernal recibirá un millonario premio. Su nombre quedará inscrito en la historia del ciclismo y en Colombia su hazaña se considerará hito deportivo «nacional». Su victoria será instrumentalizada por los distintos políticos sistémicos estadocéntricos y cada quien dirá lo que quiere decir según su «nacionalismo». Pero a menos que el propio Egan aproveche su triunfo para mostrar sus reales intenciones políticas alternativas, poco hará por construir un «nacionalismo» y, así, una «nación». A menos que hubiera circunstancias que propiciaran un «despertar», una elevación de la «conciencia nacional», y nos diéramos cuenta que «podríamos» ser grandes no sólo en competiciones deportivas internacionales, sino en desarrollo socioeconómico capitalista —aunque a costa de la periferialización productiva de otros pueblos— o en alternativas antisistémicas de desarrollo —o de abandono al desarrollo—. Pero esta ya es otra narrativa nacionalista en la que el triunfo de Egan adquiere otro «horizonte»: el del desarrollo endógeno. El nacionalismo económico de Raúl Prebish, primer jefe de la Cepal, fue valioso en ese sentido, pues consciente de la estructura centro-periferia formuló un modelo de industrialización para América Latina y tratar así de compatibilizar los intereses de un orden burgués de acumulación y las clases trabajadoras.

Pero tanto la opción sistémica alternativa de desarrollo o la antisistémica de erosionar las relaciones globales de acumulación capitalistas e imaginar y construir un orden distinto requieren un cambio en la estructura de dominación estatal-nacional, en el «bloque hegemónico de poder» y el bloque social liberal-conservador que lo respalda. Algunos «técnicos» del neoliberalismo con Alberto Carrasquilla a la cabeza, incapaces de formular los problemas sistémicos de deterioro de tasa de ganancia y de periferialización productiva, admiten desconocer desde su reducida ortodoxia económica cuáles son las causas del reciente desempleo en Colombia y tampoco saben cómo combatirlo. Parte de la respuesta consiste en que el modelo periférico de crecimiento —y no de desarrollo— neoliberal se está agotando e intentar atraer capital del hegemón chino no tocará los problemas estructurales sino que los acentuará. Y si la democracia liberal se trata de escoger entre élites rivales, habría que en principio cambiar esa estructura de «tecnocracias» políticas favorables al gran capital financiero sin tener que renunciar a la autoorganización y a nuevas lógicas no estadocéntricas de producción de lo común.

Podemos partir del deporte para crear un «relato mítico nacional» sobre el valor de «lo nuestro» —en el que retomar las identidades indígenas será fundamental— y trazar una alternativa política que gestione los problemas del país en el sistema-mundo capitalista desde perspectivas antipatriarcales y anticoloniales, pero, ciertamente, frente a la dimensión real del conflicto político-económico de clases y grupos étnicos hay que ir más allá del deporte. Y esto depende de los movimientos sociales alternativos, de la correlación de fuerzas que en algún momento puedan plantear, más allá de una coyuntura electoral, que en todo caso es importante afrontar. No de meramente ganar un Tour o una Copa Mundo, triunfos que pueden estar articulados a un orden hegemónico nacional que hay que cambiar.

Por ahora, ¡que celebren los que quieran! Y salud.