La crónica de una muerte anunciada
by Ramona Libre
Visto: 7086

Personalmente recuerdo la noche del 4 de noviembre del 2011, estaba con mi familia viendo televisión, en medio de las novelas de RCN y Caracol se anunció la noticia de último minuto, en las selvas de Colombia se había asesinado al Comandante en jefe de las FARC-EP, con orgullo se mostraba lo que denominaban una operación implacable, no tardaron en transmitir una alocución presidencial donde Juan Manuel Santos saludaba al ejército por su heroica victoria y yo en mi casa no podía parpadear, había quedado estupefacta ante el acontecimiento, no logre entender que les producía tanta felicidad a quienes por televisión aparecían, por el contrario empezaron a caer lágrimas en mi rostro de profunda tristeza, aquella que debe sentir todo buen cristiano al enterarse que otro igual que usted y yo ha sido asesinado, las mismas que hace un mes no se ocultaron al saber que 6 millones de colombianos insisten en la guerra, las mismas que el 2 de noviembre se enteraron que un líder político había sido asesinado en el Cauca.

Pero volviendo a esa noche, me parecía increíble ver la noticia, no porque el Estado colombiano bajo el mando del presidente Juan Manuel Santos (ex ministro de defensa de Álvaro Uribe Vélez y quien ejecutó la orden para los falsos positivos) continuara con la guerra contra insurgente, mucho menos porque se atacara al Comandante en jefe de las FARC-EP. Para mí lo increíble era que Colombia no reconociera el nivel político y cultural que acumulaba las FARC-EP en este dirigente que aquella noche se alegraban de matar.

Tristeza que se fue ampliando al ver un acto que considero en extremo inhumano y es el aquel instante en que Juan Manuel Santos con orgullo ante cámaras se sienta junto a Roberto Sáenz Vargas diciendo yo mate a su hermano, es inconcebible que la paz en Colombia se halla edificado a partir de la sangre de miles de hombres. Es entonces el asesinato a Alfonso Cano el inicio de los diálogos de paz en Colombia, la triste cuota de sangre que pagaron los colombianos que recuerdan las palabras del Che Guevara, al mencionar que en el imperialismo no se puede confiar un tantico así.

Esa noche no deje de pensar cómo putas en Colombia se alegran con la muerte, no me preocupe por quien tomaría la comandancia en las FARC-EP, al fin y al cabo en La Habana han demostrado ser una organización política que pese a las dificultades sigue bastante unida y apostándole a la paz como el propósito que les dejo Alfonso, en ese momento pensaba en los hombres y mujeres que lo conocían, en aquellos que estaban junto a él. Si yo como colombiana sentía tristeza por un muerto más, la misma que siento por los caídos del ELN, del EPL e incluso del ejercito a quienes obligaron a ir a la guerra, no lograba dimensionar el dolor de las personas que tuvieron la oportunidad de aprender de él, de su familia, de sus amigos y aquellos que el Estado jamás mostró, porque se han empeñado en construir imágenes de monstruos como si no fuese una guerra entre humanos.

Al día siguiente, en alguna de mis clases un profesor dijo, han matado a un gran ideólogo a un gran intelectual y nuevamente los ojos tomaron una empantanada visión que me hacían preguntar por qué en Colombia no se respeta la diferencia, tampoco se le escucha por el contrario se reprime y asesina, demostrando que somos un país en extremo guerrerista, donde importan más las balas que las ideas.

A cinco años de ese asesinato, el Estado demostró no ser capaz de garantizar la vida de sus ciudadanos, tuvo la oportunidad de respetarle la vida, al capturarlo para que respondiera ante la justicia como lo demanda una democracia, como lo señala un mínimo de humanidad, en este país se lloró de felicidad como aseguró el presidente, demostrando que el Estado también ha violado el Derecho Internacional Humanitario (DIH), así como los protocolos acordados para los países con conflictos armados; pese a ello aún existen huellas de memoria, pueblo bravo en palabras de Alí Primera, que anhela que la larga noche termine para que soñar no nos cueste la vida.

Antes de acabar el artículo y esperando la cantidad de insultos que con frecuencia llegan a esta Revista, reitero que el amor por Colombia es tan grande y fuerte que seguiré creyendo que un mejor país para sus hijos es posible, donde no se necesiten las balas para escucharnos. Al nobel de la paz Juan Manuel Santos que jamás se podrá quitar esa mancha de sangre que tienen sus manos, recordándole que no se mata con quien se dialoga y a este hombre colombiano, Alfonso Cano, un verdadero ejemplo revolucionario, que así viven y mueren los comunistas… construyendo la nueva Colombia.