#AprendiendoCositas: Marx era un tipo chévere

by Edición 50 | @TerribleStepha
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Cuando la gente habla de Marx lo hace con un tono de seriedad con un aire de circunspección. Lo hacen mamerts y no mamerts y no tan mamerts. Es culpa de esa fea costumbre de idealizar a personas como el viejo Carlos. Si el man estuviera vivo criticaría eso. En éste #AprendiendoCositas lo recordamos con un escrito de Daniel Samper Pizano –no lo confunda con el youtuber tonto-, que da cuenta de lo chimbita que era el viejito.

Después de leer esto, va a sentir en Marx un cómplice, se dará cuenta que con la traga escribía poemas que parecían malas canciones de pop -de esas que usted y yo cantamos-, que usaría Ferragamo y se va a dar cuenta de que el man dedicó su vida a buscar la forma en la que todas y todos estuviéramos bien.

El artículo fue publicado en la Revista Diners hace 37 años.

Marx, un tipo chévere

Si Carlos Marx hubiera sido colombiano, seguramente habría formado parte de los guerrilleros del Chicó. Porque contra lo que creen muchos marxistas que nada saben sobre Marx y mucho reaccionarios que lo imaginan un monstruo desalmado. Marx no solo ha sido uno de los más influyentes pensadores en la historia del mundo, sino una persona amable, con sentido del humor, enamorado de la vida y de las buenas cosas de la vida. En fin, un tipo chévere.

A los ultra conservadores que lo imaginan un libertino enemigo de la familia, hay que contarles que difícilmente se consigue mejor ejemplo que el de Marx como esposo y como padre. A los comunistas de ceja levantada que consideran que la casa es contrarrevolucionaria, hay que decirles que Marx no solo era insigne mamagallista sino que entre sus lecturas preferidas figuraban los autores satíricos. Y a todos los que creen que una persona con preocupaciones sociales no tiene derecho a dormir en cama blanda ni a disfrutar un buen vino es necesario informales que Marx prefería dormir en cama blanda que en cama dura y era definitivamente un amante de los vinos buenos y la buena mesa. Marx habría sido un gozoso usuario de tarjetas Diners, para decirlo en una sola frase.

Lo que ocurre con Marx es que todo el mundo habla de él pero casi nadie lo conoce. El capital sigue siendo una de las obras más citadas pero menos leídas por los ciudadanos comunes y corrientes. Y la vida de Marx construye materia ignorada por quienes prefieren invertirse su propia biografía mental del ilustre barbudo y acomodarla a sus personales ideas, temores y prejuicios sobre el marxismo bastaría con leerse alguna de las varias y excelentes biografías que sobre Marx han escrito, por ejemplo la de Saul K. Padover titulada Karl Marx, an Intimate Biography para comprender mejor y sin misterio a este hombre que para algunos es un dios y para otros un espíritu maligno. Pero que no era ni lo uno ni lo otro.

Un niño alegra el hogar de Enrique y Enriqueta

Marx nació el 5 de mayo de 1818 a las dos de la mañana en Trier, la cuidad más antigua de Alemania. Primera peculiaridad: era un hijo de un Enrique (Heinrich Marx) y una Enriqueta (Henriette Presborck); segunda peculiaridad, descendía por ambas puntas de rabinos y acabó atacando el judaísmo. Tercera peculiaridad: fue bautizado dentro del rito luterano en una iglesia jesuita pese a su origen judío.

El origen de Marx no era propiamente proletario. Su familia era bastante acomodada y formaba parte según Padover, de una “clase privilegiada pequeña pero influyente, socialmente segura, bien vestida y bien alimentada”. Marx era de origen burgués, pero no era sordo ni ciego. Por eso, como agrega el autor mencionado, necesariamente fue impactado por el medio ambiente de pobreza y miseria de su ciudad natal. El clásico guerrillero del Chicó, como puede verse.

Marx no era el más apuesto de los jóvenes de Trier. De hecho, alguien lo calificó alguna vez como “el más feo sobre el cual haya brillado el sol”. Pero siempre ejerció una particular atracción sobre las mujeres. Fue así como se enamoró de él, con pasión que se deja notar en sus cartas personales las más atractiva y elegante de las muchachas de la cuidad, Jenny de Westfalia. Jenny era de esas señoritas que salen en las últimas páginas de Cromos cada semana. Hija de barón (con b larga), provenía de una familia de rancia aristocracia. Uno de sus hermanos llegó a ser después ministro del Interior de Prusia Bastante gordo, por cierto.

Pese a ser cuatro años mayor que Marx y pese a que ésta era a la sazón un estudiante sin mayores recursos, aficionado a la poesía y a la literatura, la inteligencia de Carlos y las frases dulces que éste le decía al oído, conquistaron a Jenny. Después de un largo noviazgo, se casaron en junio de 1843.
Precoz poeta, periodista polémico, permanente perseguido.

Para entonces ya Marx había estudiado derecho en la Universidad de Bonn (le parecían mortalmente aburridos los textos sobre jurisprudencia, otro síntoma de agudeza) había acudido a la Universidad de Berlín – donde Hegel murió, siendo profesor de seis años antes de que Marx llegara – y se había doctorado en filosofía.

Los años de estudiante muestran a un Marx cuyas notas no eran superiores al promedio aficionado a la vida de muelte (le duraba muy poco en el bolsillo la pensión que le mandaba el viejo Heinrich) e incluso trompadachín. Por allí se supo de un duelo a espada contra otro estudiante que por poco le cuesta el otro derecho. Para entonces Marx estaba más interesado en la poesía que en la revolución.

Copio enseguida una traducción personal y libertina al español de su “Soneto final a Jenny”, para que el lector juzgue si resultó o no mejor que abandonara la poesía y se dedicara a la revolución.

Una cosa pequeña, debo aún decirte
gozoso acabo esta canción de adiós.
Las últimas ondas de plata van a buscar el aliento de Jenny para encontrar su
/alma.
Saltando alegres por rocas y torres,
Corriendo a través de torrentes y lluvias
Mientras las horas con el pulso vital
Buscan consagrar en ti su plenitud.
Envuelto en el amplio manto de mi ar-
/dor
Elevado y brillante el corazón de orgu-
/llo
Triunfantemente libre de fuerzas y pre-
/siones.
Recorro con firmeza el espacioso terre-
/no
El dolor se deshace ante tu cara lumi-
/nosa
Y del árbol de la vida brotan los sueños.

Pese al soneto, Jenny se casó con él y como en los cuentos fueron muy felices.

Desde que terminó estudios de la filosofía Marx optó por dedicarse al periodismo que es casi siempre una divertida manera de ser pobre. Fue esta, en realidad, la única profesión que ejerció hasta su muerte. A partir de 1842 escribió, primero para el Deutsche Jahrbücher y luego para el Rheinische Zeitung una serie de artículos contra la censura de prensa que según Arnold Ruge, constituyen “lo mejor que se ha escrito hasta ahora sobre la materia”. Por desgracia, estos artículos son tercamente ignorados hoy por hoy en casi todos los países que aplican las doctrinas económicas de Marx. Allí señala, por ejemplo que “la libertad de prensa es el ojo omnipresente del espíritu del pueblo: la engastada confianza del pueblo en si mismo es el vínculo articulado entre el individuo, el Estado y el mundo, la cultura incorporada que transfigura las luchas materiales en intelectuales e idealiza sus formas crudas materiales”.

Durante dos años – 1842 y 1843 – Marx sacudió con sus artículos al gobierno prusiano. En febrero de este último año publicó una violenta crítica contra el despotismo del zar en Rusia y éste Nicolás I, se dirigió a su aliado, el rey de Prusia, solicitándole que se tomarán medidas contra el irrespetuoso periodista. En virtud de esta hermandad internacional contra la “mala prensa” que siempre caracteriza a los gobiernos, el rey Federico Guillermo decidió cerrar el Rheinische Zeitung, del cual era editor Marx. Al salir de Colonia, empezó para Marx una larga y dolorosa vida de peregrino. Fue repetidamente expulsado de distintos países y ciudades, por decisión propia se despojó de su ciudadanía alemana y cuando quiso readquirirla se le negó, terminó viviendo en Londres – donde finalmente le niegan la ciudadanía inglesa- como ciudadano sin patria, luego de múltiples persecuciones.

Pero en juego largo hay desquite. Su permanencia en el Rheinische Zeitung le permitió conocer en noviembre de 1843 a Federico Engels, quien sería su íntimo amigo, el hada madrina durante sus premuras económicas y su compañero de agitación política y actividades intelectuales. En 1917 un grupo revolucionario inspirado en las ideas de Marx y Engels dio al traste con el zar Nicolás II, sobrino nieto de quien había hecho cerrar el periódico de Marx y borró de Rusia a los Romanov.

Mamagallista y gallinazo

Marx, ya lo dije, era un tipo chévere muy ajeno a la solemnidad y trascendencia de muchos marxistas que conocemos a los cuales seguramente habría detestado. Tenía la pasión doméstica de poner sobrenombres. Bautizada con apodos a sus amigos a sus hijos, a sus conocidos. “Adoraba el humor – observa Padover – no solo por el humor en sí, sino como munición contra sus enemigos”. Sus escritos polémicos contienen frecuentes sátiras y tomaduras de pelo.

Acerca de un mediocre periodista alemán, por ejemplo escribió “Un buen tipo aunque aún no ha descubierto la pólvora “Acerca de dos políticos franceses de la era de Luis Felipe: “El Sr. Guizat tacha de traidor al Sr. Thiers y el Sr. Thiers tacha de traidor al Sr. Guizat e infortunadamente ambos tienen razón. Sobre un filósofo alemán: “El zapatero Jakob Boehme era un gran filosofo. Muchos filósofos profesionales no pasan de ser grandes zapateros: Sobre el nuevo zar ruso: “El Zar es grande, Dios es más grande y sobre todo el zar está aún muy joven”.

Sus intereses en la vida no se limitaban a hacer la revolución y escribir obras dificilísimas y aburridísimas sobre la plusvalía y las alienaciones. Se divertía también con minucias de sonrojante terrenalidad. Su copiosa correspondencia con Engels y otros personajes contiene en medio de análisis económicos profundos y planes de organización de los obreros de Europa, numerosos chismes anécdotas y apuntes. En 1853, por ejemplo, escribía a un amigo acerca del mal que padecía la emperatriz Eugenia de Francia, quien no podía contener ciertos ruidos inevitables y embarazosos, “Es apenas un pequeño ruido – comentaba con perverso entusiasmo Marx – un murmullo, casi nada pero tú sabes que los franceses tienen nariz hasta para el menos vientecillo”. Marx era también y pese al formar una pareja perfecta con Jenny de Westfalia algo enamoradizo y gallinazo.

Con Helen Demuth (“Lenchen”) quien fue niñera de los hijos de Marx toda la vida, mantuvo una secreta pasión que dejó de ser tan secreta pasión que dejó de ser tan secreta cuando Lenchen quedó embarazada. Engels, el gran amigo, acudió en socorro de Marx y, de común acuerdo con éste y con Lenchen hizo creer a la familia que el niño era suyo.

En otra ocasión, cuando ya llevaba 18 años de casado, tuvo un ligero romance con su prima Nannette, para hacer eco al viejo adagio: “Mientras más primo, más me arrimo”. Estos y algunos episodios más -en 1867 con la distinguida Madame Tengue, en Hannover- hacen pensar que ni siquiera los adustos tratados económicos a los que dedicaba meses y años de estudio lograron ahogar esa vena romántica y galante del Marx poeta.
Su sensibilidad no sólo se manifestaba en el cortejamiento de primas. También en la ternura que despertaban en Marx los niños. Es sabido, por ejemplo, que lo que más atraía a Marx en la figura de Cristo-pese a ser Marx ateo- era la especial inclinación de aquel por la defensa de los niños. Marx hace numerosas referencias e investigaciones en sus obras contra la explotación del niño trabajador, y con frecuencia daba limosna a los niños que se la pedían en la calle. En fin, nadie es perfecto.

Hemorroides, forúnculos, catarros, inflamaciones, etc.

El hecho de que fuera un hombre enamorado de la vida, no quiere decir que ella le hubiera sido fácil. Por el contrario, la de Marx está salpicada de privaciones y amarguras. Dos de sus hijos murieron en el primer año. Y Edgar, que era el consentido, el “pechichón”, falleció a los nueve. Por lo menos uno de ellos murió debido, indirectamente, a la pobreza que Marx atravesaba en ese momento, pues el invierno tomó a la familia sin suficiente abrigo y castigó a Guido con una neumonía.

Marx sufrió, además, toda clase de enfermedades. Con frecuencia padecía de dolorosas hemorroides y forúnculos, algunos de ellos localizados en el sitio más aterrador que varón alguno pueda imaginarse. Se le inflamaba el hígado, sufría dolor de muela a toda hora, era víctima permanente de insomnio y resfriados, en varias ocasiones registró irritación ocular. Y aunque hubo épocas en que permaneció sin poder trabajar durante varios’ meses por culpa de la suma de males, cuando su salud se lo permitía era un trabajador rabioso. Pasaba noches en blanco leyendo y escribiendo y a duras penas tomaba breves siestas, completamente vestido, en el sofá de la sala.

Engels, que era rico, industrial y soltero, patrocinaba con frecuencia y generosidad a la familia Marx. Gracias a los giros de Engels los Marx no murieron de marxitohambre. El dios que ve por los buenos revolucionarios se compadeció de su situación. En 1863 y lo hizo heredar importantes legados de su madre y un tío. Esto permitió a los Marx trasladarse a una amplia quinta en las afueras de Londres, rodeada de jardines y parques, y con chimenea en cada habitación. Por primera vez, Marx pudo contar con un salón propio para su biblioteca y su estudio. Fue allí, en esa casa que habitó durante once años, donde escribió El Capital y organizó la Primera Internacional Comunista.

Los últimos años de Marx transcurrieron en medio de una relativa bonanza económica, justa compensación de sus terribles temporadas de miseria. Pero las enfermedades le impidieron disfrutarla. Paseó por media Europa en busca de aguas terma les que aliviaran sus males. El 2 de diciembre de 1881, cuando murió Jenny, Marx estaba tan enfermo que no pudo asistir al funeral. En enero de 1881 falleció la mayor de sus hijas, que era también la preferida. El 14 de marzo de 1883, Engels viajó de Manchester a Londres a visitarlo:

“Cuando llegué, después de almuerzo, que es la mejor hora para hacerle visita, encontré a todos llorando. Parecía que se acercaba el final. Pregunté qué pasaba… Una pequeña hemorragia y un colapso súbito. La buena Lenchen, que cuidó de Marx como una madre de su hijo, subió y volvió a bajar. Me dijo que estaba medio dormido, que podía verlo. Cuando entramos, lo encontramos dormido, pero para siempre.”

En el entierro de Marx, su compatriota Engels pronunció un breve discurso en inglés. Treinta y cuatro años después, un ruso, Lenin, llevaba por primera vez las ideas marxistas al poder. Paradójicamente. Marx había escrito en 1868:

“Nunca confío en un ruso”. Algunos dirán que esta fue la única frase equivocada de Marx. Sus enemigos han de decir que fue apenas otro error más. Durante el siglo XX se le habrá de defender y atacar más que a ningún otro personaje y a ninguna otra doctrina. Pero muy pocos de los que atacan o defienden a Marx saben, en realidad, cómo era, humanamente, ese barbudo que cambió la historia del mundo.

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Por: Stephanía Pinzón. Me conocen en el bajo mundo como @TerribleStepha. Co-directora de la Revista Hekatombe.