Repensar la anarquía con Carlos Taibo

by Edición 47 | Andrés E. Herrera
Visto: 1917

«Otros nacimos para la antítesis, y somos los anarquistas, rotos y pobres. Somos el “coco” y nos entierran en hoyos, y los de mañana, cuando triunfe la síntesis, nos llamarán «precursores» y nos harán bustos.»

Fernando González Ochoa

«El arma más potente en manos del opresor es la mente del oprimido» 

Steve Biko

Lo que parece ser una necesidad urgente por renovar el interés de la anarquía, — en España esta discusión se da mucho en las academias y en los movimientos contracultura, dada su experiencia histórica con la guerra civil en el pasado siglo — es en el fondo la emergencia de una propuesta que pueda ser capaz de encarar los problemas de las sociedades complejas en las que vivimos. Porque por más que se quiera, la sociedad es en plural, por fortuna, en la medida en que hay una resistencia a unificarse bajo el principio globalizador, gestionado por monopolios económicos y culturales. En Colombia, la presencia de autores académicos fuertes y marcadamente anarquistas es tímida, y de objetar este calificativo, diríamos entonces que los asomos son bastantemente precarios y oscuros, a excepción claro de autores muy contados que ya no se encuentran entre nosotros. Cuando leí a Carlos Taibo por primera vez, empecé a hacerme más preguntas al respecto, reconocí que la actualidad del pensamiento anarquista o libertario, comenzaba a reestructurarse desde derroteros cada vez más consistentes, de cara a las crisis actuales, no sólo en Europa, sino del globo entero.

Me asombró particularmente la posición desde la que plantea sus tesis; nuestro autor es profesor de Ciencia Política y de Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, la trayectoria que ha adquirido en estos campos le ha permitido sustentar en esa dirección, de una anécdota a otra, el cúmulo de sus preocupaciones: 

«Muchas veces he contado que hace años, al calor de una de las muchas movilizaciones estudiantiles, me acostumbré a recitar esa letanía que reivindicaba una enseñanza pública, universal, gratuita, laica y de calidad. Un buen día, mientras la enunciaba, recordé que cuando, décadas atrás, yo era un estudiante universitario solíamos criticar agriamente la enseñanza pública estatal por entender que era un mecanismo central de reproducción de la lógica del capital. Ojo que no íbamos desencaminados: lejos de cualquier horizonte autogestionario, la enseñanza pública ha impulsado a menudo el acatamiento de la autoridad, la obediencia, la competición descarnada, el individualismo, la primacía de los valores de las clases altas y la sumisión ante el orden dominante». 

Repensar la anarquía1 es, como él mismo lo señala, un material abierto a discusión —nunca un texto cerrado e incontestable— Y justamente cuando se trata de responder a la pregunta: ¿Qué es y en qué consiste la anarquía? Seguramente muchos guardan cautela ante la imposibilidad de definir tal termino en un par de oraciones; otros discuten desde el rincón del resquemor, pues la palabra anarquía suscita un eco de barbarie y caos; hay quienes, con algo más de presuntuosa ilustración, mantienen cierto recelo político, por tratarse de una postura que ha quedado atrás en el duro episodio de la guerra civil española, y que produce una vaga nostalgia de una utopía abrazada apenas por un tiempo muy corto; y para citar otro grupo más, existen aquellos que beben de los datos recogidos por la antropología llamada libertaria, cuyos autores se afirman académica y políticamente anarquistas. Taibo entiende que, en un primer momento, en el anarquismo en modo alguno se revela un rechazo de la organización: “lo que se rechazan son, antes bien, las formas coactivas de ésta, como las representadas por Estados, ejércitos, iglesias o empresarios. Lo anterior significa que, al menos en principio —hay que admitir que la casuística es más compleja de lo que pudiera parecer, porque entre otras, los anarquistas acatan la autoridad de médicos, arquitectos o ingenieros.” Con lo que el texto abre siempre una discusión hipercrítica y desbordada de la actitud libertaria en todas las esferas de lo humano. Nuestro autor no escatima en recursos para agudizar sus preocupaciones. Pues también entiende que entre los anarquistas hay de todo: ascetas y libertinos, hedonistas y circunspectos, expansivos y asociales, amantes del trabajo y defensores del derecho a la pereza, creativos y sórdidos. Unos menos pacíficos que otros dados los contextos y las épocas en las que se manifiestan.

En el libro hay una clara apuesta por entender ciertas tendencias terminológicas, sin antes señalar que con ello se tiende a averiguar lo que corre tras ellas; y es que los adjetivos anarquista y libertario, usados indistintamente en muchos casos, adquieren para el autor una diferencia de grado, en la que el primer adjetivo encara una apropiación intelectual del anarquismo contemporáneo como una mezcla compleja de sensibilidades que recurren a los clásicos como Bakunin, Proudhon, etc. Y que el segundo, se declara creer en la democracia directa, en la asamblea y en la autogestión, es decir, como una postura eminentemente práctica o que pretende serlo, sin la “necesaria” y completa entereza intelectual que demandan los primeros. Es decir, se puede ser libertario aguerrido sin haber leído necesariamente a Malatesta o a Bakunin, por ejemplo. La reinterpretación de Taibo sobre la lógica delegativa o personalista de las formas de gobierno y sujeción cultural, no obstante, debe permitirnos concebir que el rechazo de los líderes no es, entonces, un capricho: estos últimos retratan cabalmente la condición del modelo que padecemos. En todo orden, incluso en el intelectual.

Sin embargo, los grandes esfuerzos de quienes han tomado la pluma como anarquistas y libertarios teóricos, se retoman en el sentido de reinterpretar o de repensar sus postulados para efectos actuales y orientados localmente. Por ejemplo, no olvidemos, nos dice, que para Kropotkin el apoyo mutuo era regla común en las sociedades sin Estado. A un concepto similar remiten las palabras del anarquista alemán Gustav Landauer – parafraseado por Taibo en su libro – para quien el Estado es una condición, una relación entre seres humanos, un modo de conducta humana; lo destruimos cuando establecemos otras relaciones, cuando nos comportamos de forma diferente.

Una buena parte de todo el recorrido del libro Repensar la Anarquía, se perfila en esbozar cuatro núcleos (Decrecer, desurbanizar, destecnologizar, descomplejizar –controversiales, sin duda –) por los que el pensamiento libertario se debe sostener, tanto en la práctica como en el discurso, para desarrollarse como tal sin enmiendas o concesiones que las desvíen, ya que Carlos Taibo es incisivo en demostrar que el capitalismo se va adentrando cada vez más a una fase de corrosión terminal que, merced al cambio climático, al agotamiento de las materias primas energéticas, a la persistencia del expolio de los países del sur y el despliegue desesperado de un nuevo y obsceno darwinismo social, coloca el colapso a la vuelta de la esquina.

La propuesta libertaria concibe entonces, que aquellos núcleos permiten en buena medida, volcar o invertir imaginarios y concepciones que hasta ahora parecían inamovibles, apostando por cambios reales desde abajo, ya que como describe elocuentemente:

…muchos de los desheredados del planeta, habitantes de los países del sur, se encuentran paradójicamente en mejor posición que la nuestra para afrontar el colapso que con toda probabilidad se avecina: viven en pequeñas comunidades humanas, han mantenido una vida social mucho más rica que la que revelan nuestras ciudades, han preservado una relación mucho más fluida con el medio natural y, en suma, y como acabo de adelantar, son mucho más independientes. Y que, con ello, la independencia debería surgir de la acumulación de las independencias previas que proceden de abajo: la individual, la comunal, la comarcal…, toda vez que lo vital es —cabe suponer— liberarse de las opresiones. Y lo que diferencia esta postura anarquista de reorganización de la sociedad, de la comunista, es que no puede hacerse ninguna revolución —como pretende Lenin— en nombre de los demás.

La actitud política del anarquista, nos dice Taibo, en tanto acción directa, es decir no mediada, en virtud de la cual, retenemos en todo momento y lugar una plena capacidad de control sobre lo que hacemos, y que ello refleja al mismo tiempo una adaptación estricta entre los medios que desplegamos y los medios que deseamos alcanzar. En esa misma dirección Troploin comprende que «Nuestra emancipación no vendrá sino de una revolución que transforme toda la vida cotidiana al mismo tiempo que ataque al poder político y cree sus propios órganos, por medio de una insurrección que, combinando obra destructora y creadora, eche abajo los aparatos represivos y coloque en su lugar relaciones sociales no mercantiles, yendo hacia lo irreversible, quitándoles a los seres y a las cosas su cualidad de mercancías, socavando las bases del poder burgués y estatal, cambiando estructuras y materiales»2 Ante estas visiones, el mundo libertario se amplifica. Exhibe nuevos elementos para contrarrestar críticamente las represiones que atacan desde los lugares más inesperados.

En ese mismo mundo libertario del que nos habla el autor español, se hace valer, al tiempo, el convencimiento de que son necesarias organizaciones femeninas específicas, las más de las veces semejantes a los grupos de afinidad. Al respecto se impone la necesidad de romper el aislamiento que padecen tantas mujeres y se afianza la conciencia de que éstas tienen que liberarse a sí mismas, sin repetir esquemas de dominio y sumisión, y desde la base del apoyo mutuo, la igualdad y el rechazo de los liderazgos. Continuando con su argumento, Taibo concluye que, la emancipación de las mujeres será obra de las mujeres mismas, o no será. Para Peggy Kornegger «El feminismo no significa defender un poder corporativo de las mujeres o la existencia de una mujer presidente; significa rechazar los poderes corporativos y los presidentes»3 

Echarle una (h)ojeada al texto de Taibo es adentrarnos a las múltiples dimensiones a las que la Anarquía o la apuesta libertaria reinterpretan al individuo y a la sociedad. Vale la pena escuchar las propuestas que subyacen a los núcleos o temáticas que promueve el autor, para hacerle frente al cada vez más acuciante colapso del sistema económico en el que vivimos. Para terminar, replico los varios libros de recomendabilísima lectura que nos presenta el autor: —La cultura anarquista a Catalunya de Ferran Aisa, ¡Nosotros los anarquistas! de Stuart Christie, Venjança de classe de Xavier Diez, La lucha por Barcelona de Chris Ealham, Anarquistas de Dolors Marin y La revolución libertaria de Heleno Saña— recuperan ese mundo de ebullición social y lucha permanente, para saber un poco desde qué coordenadas se teoriza el anarquismo Español para el mundo.

A modo de apéndice: Anarkobiblioteka es un blog libertario en el que hay un índice bastante amplio de textos sobre la anarquía y el pensamiento libertario.

1. Carlos Taibo (2013) Repensar la anarquía. Acción directa, autogestión, autonomía. Editorial Catarata.

2. Troploin. El timón y los remos. Preguntas y respuestas. Klinamen, s.l., 2012, pág. 82.

3. Peggy Kornegger, en VVAA: Quiet Rumours. An Anarcha-feminist Reader. AK, Edimburgo/Oakland/Baltimore, 2012, pág. 31.

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Por: Andrés E. Herrera | @Kvi20 | Morboso aspirante al cortejo de Dionisio. Autodidacta moroso. Amante pernicioso y provocador de olvidos. La verdad es que no sé quién soy.