La parranda verraca. Sobre Hermes y las castas criollas

by Edición 75 | Andrés E. Herrera
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Contaban los antiguos que un buen día, iba Hermes conduciendo una carreta cargada de mentiras, engaños y malas artes por todo el mundo, distribuyendo su carga por los poblados en pequeñas cantidades o en dosis mínimas, para ser exactos -Deidad de griegos, jíbaros y de narcogamonales de corbata, por nombrar algunos-. Más al llegar Hermes al país de los malvados, los astutos y los pillines, según cuenta Esopo, la carreta se varó de repente en una de esas tierras - que por alguna razón he llegado a creer son estas-; y en conformidad con el talante de sus habitantes no tardaron en dejarse llevar por los oscuros impulsos y, como si se tratase de una carga preciosa y vulnerable, saquearon -otros dirían expropiaron- todo el contenido de la infeliz carreta; dejando a Hermes con la tarea ¿afortunadamente? incompleta. Moraleja: largo es el camino para llegar a la comprensión de un proyecto de Estado colombiano diferente al que tenemos, porque como dicen, está hecho cínica y milimétricamente para ROBAR.

Desde luego, la percepción que tengamos del otro o de la otra -de lo otro en general- define lo esencial de nuestras relaciones. Ampliemos el rango y observemos detenidamente una radiografía del otro “indio” que poblaba el nuevo mundo en el siglo XVI. Pues bien, Fray dominico Tomás Ortiz escribe sobre nosotros en esa época:

Los hombres de tierra firme comen carne humana, son sodomíticos más que generación alguna… Andan desnudos, no tienen amor ni vergüenza; son como asnos, abobados, alocados, insensatos. No tienen en nada matarse o matar; no guardan verdad si no es en su provecho; son inconstantes; no saben qué cosa sea consejo; son ingratísimos y amigos de novedades; précianse de borrachos; emborráchanse también con humo y con ciertas yerbas que los saca de seso; son bestiales en los vicios; ninguna obediencia ni cortesía tienen mozos a viejos, ni hijos a padres; no son capaces de doctrina ni castigo; son traidores, crueles y vengativos, inamicísimos de religión, haraganes, ladrones, mentirosos y de juicios bajos y apocados; son hechiceros, agoreros, nigromantes; son cobardes como liebres, sucios como perros; comen piojos, arañas y gusanos crudos; no tienen arte ni maña de hombres, son sin barbas, y si algunas les nacen, se las arrancan; cuando más crecen se hacen peores; hasta diez o doce años parece que han de salir con alguna crianza y virtud; de allí en adelante se tornan como brutos animales; en fin digo que nunca crio Dios tan conocida gente de vicios y bestialidades sin mezcla de bondad y policía…”

Con todo, el tiempo siguió haciendo de las suyas y aquí estamos todos nosotros y nosotras, tataranietos tardíos de zambos, criollos, mestizos, castizos, mulatos… de esas antiguas castas coloniales merced a la corona española. De ahí, que sea urgente preguntarnos ahora qué percepción tienen los poderosos actuales sobre las minorías, que somos siempre en cantidades alarmantes ¿La estratificación social y la ardua escalada hacia el Statu Quo, no es una actualización de aquellos viejos telares insuficientes de medición y organización social? Organización muda y maniática en todo caso, no obstante, tras doscientos años de iniciar la revolución cultural de las castas, desde las mismísimas camas tanto de esclavos como de amos, se viene a dar uno cuenta que la nación es un algo gigante tendido sobre un mapa, constituido desde antaño por pasiones secretas y sometimientos violentos, como el derecho de pernada de los señores y terratenientes, por ejemplo. La sangre baila en una parranda que desvirtúa, esta vez sí y afortunadamente, el purismo inexistente.

El ocaso de la división de castas en la colonia, finalmente se aprecia desde la forja de vínculos comerciales, económicos y laborales, que se volcaron a ver más el brillo del oro que el color de la piel. Hoy por hoy esto coexiste con una gran garantía de sobreoferta, pero de desempleo. Salvo aquellos levantiscos héroes populares que se creen el escenario de títeres, y finalmente gritan que el mundo y las leyes que lo rigen es de ellos; gordos de engaños, venden lo mismo. Es decir, tenemos ego capitalista para rato. Las castas, de este modo, no se acaban. Lo que se acaba es la división definitiva a cambio de una movilidad de clase con techos de cristal y toda la vaina.

La conclusión a la orden del día: los pillines andan muy emparrandados por estos días con el poder. Ya sin la vergüenza en la cara y forrados en billete torcido para que muchos miremos para otro lado sin chistar; la indulgencia criminal en Colombia no tiene precedentes en el mundo. Aquí hasta la carreta de Hermes ya no es la misma; la engallaron cual avioneta, y la pusieron a volar entre océanos con toneladas y toneladas de cocaína a parajes gringos, agudizando nuestros verdaderos males. Amén a las licencias de vuelo que por primera vez fueron otorgadas a diestra y a diestra, a un combo pintoresco de narcos -ya se imaginarán- cuando el innombrable era director de la Aerocivil en Antioquia por allá en los 80´s.

A Hermes se le ahorra el trabajo y son los mortales quienes creen que la corrupción es la primera puerta a la inmortalidad. Y no se equivocan. Las leyendas contemporáneas de los grandes ladrones y borrachos se están escribiendo allí no más desde el Congreso de la República. No hay que irse tan lejos para dar cuenta de ello.

Y nos aproximamos cada vez más a la comprensión de la libertad individual y colectiva, porque la mancha de la tierra es virtud de lucha; porque como dice el poeta cimarrón de Cereté a orillas del río Sinú: la parranda verraca es la del sol con la vida.

Publicado: 07 de enero de 2019.

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Por: Andrés E. Herrera | @Kvi20 | Morboso aspirante al cortejo de Dionisio. Autodidacta moroso. Amante pernicioso y provocador de olvidos. La verdad es que no sé quién soy.