La necesidad de una cuarta ola del feminismo

by Edición 72 | Sharon Barón
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Desde la lucha por el reconocimiento de los derechos civiles de las mujeres hasta la lucha por los derechos sexuales y reproductivos, el feminismo siempre ha tenido como sujeto político a las mujeres: ha sido el movimiento social por la emancipación de las mujeres.

Como cualquier movimiento social, el feminismo nació por necesidad. Las mujeres, cansadas de que se nos negasen derechos básicos bajo razones falsas, como nuestra supuesta incapacidad de hacer política por no ser lo suficientemente racionales o nuestra supuesta incapacidad de administrar propiedades, decidimos organizarnos y luchar por ser reconocidas como ciudadanas y personas.

Los objetivos iniciales fueron transformándose, pues cada vez resultaba más evidente que el reconocimiento legal del derecho al voto, a heredar propiedades, a obtener la cédula de ciudadanía, a ingresar a escuelas y universidades, etc. No nos garantizaría que nuestros problemas en tanto mujeres fueran resueltos. El movimiento, gracias a los aportes teóricos y a la práctica activista, fue reconociendo que el enemigo era más profundo.

El feminismo radical es el que logra dar cuenta de ese enemigo profundo. Es el feminismo que logra teorizar en torno al patriarcado y reconocer que detrás de todas esas privaciones de derechos, que detrás de la violencia machista (violaciones, acoso, ser objetos que pertenecen a los varones, entre otros*), que detrás de la violencia institucional, hay una estructura de dominación que se basa en la subyugación de las mujeres y el dominio de los hombres sobre nosotras y sobre todo lo existente. Esta estructura es el patriarcado, que funciona, se produce y se reproduce a nivel cultural, económico, social y político.

Seguramente, por este reconocimiento, sea más acertado decir que el patriarcado no está detrás de las múltiples violencias que vivimos las mujeres, sino que está en la base, es la raíz. Por eso el feminismo radical es radical: porque va a la raíz de la opresión que vivimos como mujeres.

Feministas como Simone de Beauvoir, Andrea Dworkin, Kate Millet, entre otras, plantean preguntas y proponen respuestas que van a la raíz de nuestra opresión. Entre estas preguntas, interrogar qué significa ser mujer se convierte en una necesidad imperiosa. Si reconocemos que como colectividad estamos siendo oprimidas y subyugadas es necesario dar cuenta de esa opresión y eso no puede hacerse sin definir con la mayor claridad posible quiénes son oprimidas y quiénes son opresores, quiénes se privilegian y a quiénes se somete, bajo qué criterios y de qué maneras se ejerce esa opresión.

Las respuestas que estas feministas van a dar coinciden en el reconocimiento de las mujeres como una clase oprimida. Esta opresión no ocurre al margen de nuestro cuerpo: no es casualidad que nuestros principales problemas tengan que ver con la sexualidad y la reproducción y que la lucha feminista desde los 70’s se haya concentrado en ellos. El Estado y los hombres consideran nuestros cuerpos de su propiedad y por eso son quienes regulan, castigan y premian los comportamientos que tienen que ver con nuestra sexualidad y nuestra reproducción. Por un lado, el Estado ejerce control sobre los cuerpos de las mujeres porque somos para él máquinas de parir fuerza de trabajo. Los hombres deciden qué partes de nuestro cuerpo sexualizar, en cuáles momentos, cómo definir los estándares de belleza, qué exigencias hacer sobre nuestros cuerpos, etc. Incluso hoy, con industrias como la pornográfica que están dominadas por hombres, siguen siendo ellos quienes dictaminan cómo deben ser nuestros cuerpos y qué debemos hacer con ellos en términos de placer (aunque, una mujer también puede producir pornografía desde la mirada masculina. Que una mujer produzca el vídeo, no quiere decir que no se haga para y por los hombres).

Lejos de las definiciones esencialistas, estas respuestas fenomenológicas que preguntan por la experiencia de las mujeres, encuentran que a pesar de la diversidad de mujeres que hay en el mundo, las opresiones y las jerarquizaciones limitan nuestras experiencias y de cierto modo las definen. En el caso de las mujeres, ser mujer significa ser cosificada, sexualizada, ser considerada el otro del hombre, la carencia que se define a partir del hombre, ser máquinas para parir, etc. Cada una vive esto de modo particular, en situaciones particulares, en compañía de personas particulares; sin embargo, todas, por tener las características biológicas que tenemos, somos oprimidas en términos sexuales y reproductivos, aunque no únicamente en estos términos (por ejemplo, se nos negaba participar en política, ir a las universidades, etc., por ser consideradas no racionales. Esto no tiene que ver con nuestros genitales, pero sí con nuestra biología: varias investigaciones científicas han intentado demostrar que las mujeres, por el tamaño de nuestro cerebro u otras condiciones, somos naturalmente inferiores a los hombres en las labores del pensamiento). En ese sentido, sí es posible hablar de una experiencia propia de las mujeres y es la experiencia de opresión la que nos reúne como clase oprimida, pero también como sujeto político del feminismo, como colectivo que luchará por su propia emancipación.

Posteriormente, con la teoría queer, el transfeminismo y el feminismo liberal, el foco en la opresión se pierde. El ser mujer se define desde la identidad y queda al albedrío de cada quien. A pesar de que la mayoría de violadores sean hombres y la mayoría de violadas seamos mujeres (mayoría no por poca diferencia), la perspectiva volcada hacia el individuo (que de modo impreciso lo confunden con el concepto de “sujeto”) y que no toma en consideración la opresión, supone que hay espectros de identidades de género y que el binarismo hombre/mujer no da cuenta de la realidad.

Por otro lado, sectores defensores de instituciones patriarcales como la prostitución o la pornografía deciden autodenominarse “feministas”. Fundamentan su supuesto feminismo en postulados como “mi cuerpo es mío y yo decido”, al cual le quitan todo su potencial político para poder defender decisiones sumisas frente al patriarcado, intereses basados en el dinero y la hipervisibilización de los intereses particulares que ignoran lo que ocurre con las demás mujeres. Defienden sus deseos funcionales al patriarcado, complacientes con los hombres y reproductores de la violencia en unión con el sexo. Sindicatos de trabajadoras sexuales son costeados por proxenetas, empresarios y políticos. Se desmantelan redes de trata y prostitución que quedan en la impunidad porque cuentan con el apoyo de políticos y del capital. El neoliberalismo sexual que cosifica el cuerpo de las mujeres y los convierte en tetas y culos disponibles para vender a los hombres, ahora se muestra ante las jóvenes como emancipación femenina y liberación sexual.

Entre tanto, seguimos viendo las impresionantes tasas de feminicidios, de violencia machista contra las mujeres, de estereotipos y sesgos implícitos que por ser misóginos y androcéntricos afectan a las mujeres, aumento de las víctimas de trata y de prostitución, pornografía cada vez más violenta y que aumenta su demanda, etc. En pocas palabras: misoginia y patriarcado en los medios, en las instituciones e incluso al interior del feminismo. Esa realidad innegable sigue golpeándonos y ante ella es evidente que recuperar las lecturas puestas en la dominación y en la lucha política como movimiento social es un trabajo necesario que debemos hacer como mujeres feministas.

Ese acaparamiento que el capitalismo y el patriarcado han hecho del feminismo despolitizándolo y convirtiéndolo en un producto vendible por medio de un discurso falso de empoderamiento que, en realidad, encubre los dictámenes que los hombres nos exigen a las mujeres, es el que ha hecho necesaria una cuarta ola del feminismo. Esta cuarta ola ya está siendo teorizada y discutida, y quienes la apoyamos coincidimos en que es un despertar del feminismo contra las nuevas formas de patriarcado que están en juego y nos siguen violentando. Consiste, además, en despertar como movimiento social y politizarnos de nuevo, definiendo a nuestro sujeto político que es y seguirá siendo la mujer, definiendo nuestras estrategias y tácticas, organizándonos y formándonos políticamente.

Esta nueva ola que se está construyendo ha de ser tsunami: potentes olas que derrumben al enemigo profundo. Y ha de serlo porque lo necesitamos, porque hay que hacerle justicia a nuestras muertas, porque hay que hacer lo posible para que ninguna más muera, porque nunca nos arrodillaremos ante el capitalismo, el patriarcado ni el neoliberalismo sexual.
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*Aclaración necesaria: por la extensión del texto no podría hacer justicia a todos los problemas que enfrentamos las mujeres en tanto mujeres. He mencionado sólo algunos de ellos. Pero hay que decir que esta no es ni la mitad de todo contra lo cual luchamos, de todo lo que nos aqueja, de todo lo que hay que combatir.

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Sharon Barón | @SharonVeg1 | Licenciada en Ciencias Sociales, estudiante de Filosofía, activista antiespecista y feminista. Las letras son el aire que respira, la música es el suelo que la sostiene y los demás animales son su razón de ser. (Sigue) Exist(iendo)e por y para la transformación.