Protestar para educarnos: Entre el supuesto y el presupuesto

by Edición 72 |Camilo Álvarez
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La legislación post constitución del 91 instaló el neoliberalismo en nuestro país, La ley 30 de 1992 reguló la educación superior bajo los preceptos del libre mercado, como otros derechos fundamentales hizo énfasis en el flujo hacia el capital privado, cambió el subsidio a la oferta por el subsidio a la demanda, en un claro detrimento de las instituciones públicas; creo bancos de segundo piso transformando los beneficiarios en clientes y disminuyó o congelo los aportes económicos a las universidades acrecentando las deudas, debilitando el funcionamiento de las plantas de personal, la cobertura, la calidad y la infraestructura de las universidades. 

Desde 1992 hubo sendas movilizaciones lideradas por las y los estudiantes y profesorado, marchas y paros coincidentes con los planes de desarrollo de cada gobierno en turno; varios de los ciclos de movilización, aparecieron tan rápido como desaparecieron en un pulso que logró hasta hoy mantener el sistema de la educación superior pública para la sobrevivencia y no para su mejoría. La lucha sigue siendo la misma.

Los debates estructurales de la educación superior, como el carácter misional de las universidades, la ciencia y la tecnología, la nación y su cultura, las humanidades, las artes, la producción, la economía, el bienestar universitario no lograron posicionarse como el debate definitivo y salvo algunas excepciones, se logró alguna relevancia coyuntural frente al problema pedagógico y docente.

Las habilidades de dominación y persuasión del Estado colombiano tanto como sus lastres de estigmatización y represión, hicieron de la reducción al tema presupuestal su principal medidor de respuesta social, a la vez que permitió la perpetuación del modelo. Peleamos el presupuesto pero no la Ley.

El gobierno Uribe/Duque llegó con una nueva embestida del ataque definitivo a la educación, aclarando que todos los presidentes hasta hoy se han puesto de acuerdo en este punto por encima de sus “ideologías”, partidos o debates, cada uno de ellos ha comenzado su gobierno con la intención de debilitar aún más la educación superior pública y aunque el ariete siguió siendo el presupuesto, el ataque principal está centrado en la consciencia. Y allí hemos perdido la batalla. Se ha interiorizado en la consciencia colectiva que lo público no es el camino, que hay que pagar más por menos, que los títulos son más importantes que el conocimiento y que la reproducción de ideas y la transferencia de tecnología por la vía laboral o comercial valen más que el estímulo productivo o la creación tecnológica para la solución de los problemas de la nación.

Aun así, la educación superior sigue siendo el principal medio para el ascenso social, el fortalecimiento de las clases medias y la generación de ciudadanías vivas; tal vez el dato más apreciable del último censo es que la clase media llegó al 40% de nuestra sociedad, notable mejoría de una sociedad que siendo más educada no se no corresponde con el ranking de ser el 3r país más desigual del mundo. Más profesionales con menos economía para potenciar sus capacidades.

Educarnos para protestar o el control social en Automático.

De manera hábil el estatus quo, ha repetido la vieja fórmula del “divide y vencerás”; así, la pelea estructural se transforma rápidamente en la opinión como un problema de forma y no de contenido. En las movilizaciones de este último mes hemos visto cómo los mismos epítetos de terrorismo, vandalismo se vuelven protagonistas; estrategias sinuosas alimentadas mediáticamente donde el debate pasa a ser el orden público (cómo sí existiera) y por tanto la confrontación entre la policía y el estudiantado en las calles llena las primeras planas y no el debate político.

La gente no sale a las calles porque quiere irrumpir el orden público, es la política nefasta lo que lleva la gente a las calles como una manera de defender o recuperar el sentido de orden social. El debate en la opinión pública entre buenos y malos protestantes no es página novedosa; pero si es de detallar la emergencia de los sofisticados mecanismos de control social que apuntalados en nuestra sociedad se hacen más evidentes en la cotidianidad de la movilización. Señalar o “entregar” manifestantes a la fuerza pública, constreñir los grafitis, borrarlos o estimular en redes la delación, el maltrato virtual y físico o la exigencia de duras penas a los manifestantes es de todas formas un fenómeno de mayor atención acerca del comportamiento masivo y de la noción del bien y el mal que nos rodea.

Es cierto que las formas de movilización y lucha social van acorde a los tiempos, que la guerra ha sido nuestro principal lastre además de la manera justificativa de la perpetuación de los mismos con las mismas. Es cierto que la expresión ciudadana movilizada cobra hoy un mayor valor de contundencia y pedagogía política sumando experiencias y teorías como la de la No Violencia, esto ha permitido cambios y nutrido los debates, pero confundir ello con la asimetría de las responsabilidades y de los sistemas represivos es además de errado, improcedente.

La protesta y la movilización social tienen un sentido, un horizonte de sociedad que se expresa precisamente porque riñe y disputa con las políticas de gobierno, es allí donde cobra valor su radicalidad, su diversidad y creatividad. No creo que exista algo más violento que la homogenización, eliminar la diferencia o hacer de un derecho de todos, un privilegio de pocos.

La sociedad lucha por educarse porque ve en la educación un valor legítimo que está en riesgo, y su horizonte es educar al gobierno para que lo entienda y asuma, esto se hace en las calles evidenciando que lo que nos venden como normal, ni se vende ni es normal.

Se protesta para y por un Derecho que está en riesgo, no para que quienes quieren destruirlo nos pongan 5 en conducta.

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Camilo Álvarez | @CamiloAlvarezB |En el rebusque, mercenario de la prestación de servicios. Tiene una humilde morada y una arrogante fucsia | Amigo de la casa Hekatombe.