Hacia dónde marchan (mos)

by Edición 69 | Juan Camilo Pulido Ribero
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Veo a las y los estudiantes marchando, sonrientes, eufóricos, en algunos casos indignados, con enojo. Veo que contagian a miles de ciudadanos y trabajadores con su enérgico reclamo, y veo a su lado, pero con fatiga, apenas si caminan, algunos profesores y burócratas universitarios. Ahora ya todos saben lo que siempre ha estado ahí y lo que solo unas pocas voces, voces desoídas y grotescamente ignoradas han señalado de unos años para acá: ¡crisis dura! ¡crisis fuerte! ¡duradera crisis! en las universidades públicas.

La situación ya es conocida y es más o menos la siguiente: las y los estudiantes han decidido iniciar la pelea, han desafiado y han dado el primer golpe contundente. Ganan simpatía y legitimidad de un público que de la noche a la mañana se enteró que las universidades están quebradas y a punto de caer. Parece que ahora sí les creyeron. Ese mismo público se pone de pie y rompe en aplausos inclinándose a favor de los estudiantes. En la otra esquina Duque, y da pena que sea él, pues gobierna como haciéndole mandados a Trump, Uribe y Pastrana (parece que ahora se unió Gaviria) confirmando su papel de payaso; payaso triste y peligroso, responde con un golpe de viejo repertorio: se ha gestionado una adición presupuestal de ¡500milmillones! para la educación superior. Gran trabajo de nuestros ministros de hacienda y educación. Y a continuación alza la guardia, tal vez su guardia más eficiente y poderosa dejando claro, muy claro, que comprende al estudiantado pero que no se debe, no es posible y no se permite politizar la discusión y entonces el recientemente condecorado Macías recalca que solo tiene 30 segundos más, y que se calle niña, pues las discusiones políticas las dan ellos. Y entonces por más multitudinarias que fueron las marchas, el primer asalto se empantana.

Si el estudiantado limita su asunto a un problema técnico-presupuestal, entra en un terreno en el cual no es hábil, porque no está vestido, y no debe vestirse, con el traje gris de la tecnocracia charlatana y embustera. Y absurdamente estaría autocensurando todo aquello que embellece y fortalece la movilización y la universidad. La crisis presupuestal es solo un aspecto de la Crisis con mayúscula. La falta de plata ha contribuido a apelmazar los espacios universitarios, es cierto, y ha enaltecido una visión competitiva y empresarial de la educación, también es cierto. Pero si ampliamos la mirada y desenredamos el hilo de la crisis, después de la Ley 30 las diferentes administraciones de las universidades públicas se han comprometido con reformas que acomodan la universidad a la crisis, la hacen soportable, la gestionan. Y aquí los personajes que se esconden en el impune anonimato de la burocracia deben ser señalados y espetados a responder ¿qué fue lo que hicieron con las universidades? Y los estudiantes no deben encariñarse tanto con las cifras para demostrar que saben de lo que hablan, porque encubren bajo esta montonera de datos los Marco Palacios, Moises Wasserman, Ignacio Mantilla y otros tantos, que con decisiones políticas pauperizaron la universidad, contuvieron movilizaciones, eludieron debates, entregaron la autonomía universitaria e impusieron un modelo de universidad autoritaria y enloquecida por buscar recursos y sedienta de agachar la cabeza y decirle sí al poder.

Un significativo signo de esto lo podemos constatar en un diálogo abierto, a través de una emisora radial, entre la ministra de educación María Victoria y la rectora Dolly Montoya, la ministra le señala que la insostenibilidad de las universidades se debe a que tienen muy poca creatividad y la rectora responde que no, que perdone, pero ya han agotado sus más altas calidades de improvisación y ya no saben qué hacer. Y en eso tiene razón: vendieron las cafeterías al mejor postor, arrendaron los espacios culturales patrimonio de todos a empresas del entretenimiento, supeditaron sus investigaciones a la razón de los empresarios, y como las ciencias humanas no son interés de ellos pues van de salida, congelaron la planta docente y explotan a las y los estudiantes de la manera más vulgar, eliminaron las salidas de campo, todo esto más un largo etc. Hechos que contradicen a la ministra y que justifican la fatiga con la que marchan algunos profesores.

Una triste imagen que expresa las consecuencias de haber prestado sus administraciones para tapar huecos nauseabundos. De tal suerte que la universidad pública y la Universidad Nacional como proyecto cultural y científico orientador, como referente moral que atiende la grave situación nacional y responde a los intereses nacionales y ofrece perspectivas de alivio a la caótica vida social colombiana, se ensombrece, se nubla, se silencia, se despolitiza y se dedica a simular que forma a estudiantes de alto nivel intelectual y académico, capaces de hundir la cabeza en los problemas más serios. Y elabora una ficción donde estudiantes y profesores hacen como si se nutriese la ciencia y la cultura en diálogos de oídos sordos, complacientes entre sí, cómplices en el numerillo de la clase.

Lo que está en juego actualmente no es poca cosa. El año pasado celebrábamos 150 años de la principal universidad del país y parece que el regalo fue dejar caer otro edificio más. No pueden perder la perspectiva de revivir la universidad pública, de sacarla del pantano y entregársela al país y su gente. Autocensurarse y limitar las capacidades políticas, prohibirse interpelar al poder y sacudir a la sociedad e irrespetar lo que no debe ser respetado, porque ha burlado y degradado nuestra vida (tal como es usar TransMilenio) no es el camino, marchantes. Tomen esto como una carta de amor de una generación a otra un tanto frustrada y refundida, que los alienta a salir al segundo asalto con la izquierda afinada para decir las cosas como son y bajar la estúpida guardia fascista. Revivir la educación superior y las universidades públicas va mucho más allá de un decreto presupuestal. Se trata de rescatar la posibilidad de vivir apasionadamente y con sentido e intensidad todo ese universo de saberes y conocimientos, y dárselo a alguien más para que así mismo lo sienta. Solo así demostraran que no son niñas ni niños y sabrán hacia dónde marchan.

Nota: las y los estudiantes, egresadas y egresados de las universidades públicas, actualmente recluidos en la cárcel La Picota alzamos la voz junto a ustedes.

Publicado: 17 de octubre de 2018.

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Por: Juan Camilo Pulido Ribero. Politólogo egresado de la Universidad Nacional. Privado injustamente de la libertad en la Cárcel La Picota.