Llegó la FARC al Congreso, el culo de Mockus y la furia «paraca» de De La Espriella

by Edición 60 | Camilo David Cárdenas Barreto
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En un hecho sin precedentes para nuestra historia republicana, el partido político FARC —Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común— ha llegado al Congreso de la República para posesionarse de las diez curules que le corresponden por cuenta de los Acuerdos de Paz de La Habana. Independientemente de cómo se valore, es quizá una de las noticias más importantes del país, opacada como es costumbre, por la indiferencia, el escepticismo o la incertidumbre, el aura de ilegitimidad que el uribismo ha puesto sobre cada hito implementado del Acuerdo Final y el inesperado culo de Mockus —del que no hablaré pues ya se le ha dado suficiente atención—.

El aterrizaje del partido FARC al Congreso no estuvo exento de polémica. En un programa de W Radio dirigido por Vicky Dávila en el que fueron invitados a debatir sobre el tema, el analista Ariel Ávila y el abogado Abelardo De La Espriella, los tertulios protagonizaron una confrontación política acalorada que acabó inclusive, por fuera de micrófonos, con un escolta de de la Espriella adentro de la cabina, como terminó denunciando el propio Ariel Ávila. El debate reflejó la paradoja de la Colombia que deja Santos, que contó con las elecciones más pacíficas, el Congreso más diverso, pero una violencia sociopolítica —sea física o simbólica— enquistada culturalmente, como si la valiosa lección para tramitar diferencias de más de cuatro años de diálogo entre la insurgencia y el gobierno no hubiera servido para nada.

Desde el principio, de la Espriella se mostró beligerante, haciendo gala de una retórica agresiva que descompuso por momentos a Ariel Ávila. De ese modo, lo que era un debate sobre la llegada del partido FARC al Congreso se desintegró una y otra vez en una serie de ataques personales que iban subiendo de tono. Esta inestable mezcla entre retórica y argumentación culminó explosivamente cuando Ávila comentó la entrevista que en 2008 realizó Gustavo Gómez a de la Espriella para la Revista Semana: allí el abogado, el mismo que en el debate agitaba indignado una USB con contenido sobre todas las víctimas que dejó las FARC, declaró que «Mancuso dio una lucha que hemos debido dar todos los cordobeses». La entrevista, que no disimula la simpatía y amistad de de la Espriella por altos mandos paramilitares y explica por qué tomó procesos judiciales como el de David Murcia y de múltiples parapolíticos, expone uno de los relatos que se han usado para legitimar el fenómeno paramilitar: que éste fue una reacción a la extorsión, el secuestro y demás crímenes de las FARC ante la incapacidad del Estado colombiano de consolidar el monopolio de la fuerza para garantizar derechos fundamentales. De la Espriella expone vehementemente el mismo relato en el programa de La W. Sin embargo, Ariel Ávila, ni corto ni perezoso, replicó lo siguiente respecto a esa entrevista y las razones de de la Espriella:

«Las autodefensas no sólo se equivocaron en el narcotráfico [a propósito de la impunidad que rodeó al proceso de desmovilización de los paramilitares, que terminó con los jefes paras extraditados a Estados Unidos por delitos de narcotráfico], ese fue el delito más suave. Yo creo que si se equivocaron en algo fue en descuartizar personas con motosierras, en haber violado mujeres, en que todas las niñas de quince años debían pasar por la cama de Hernán Giraldo en la Sierra Nevada de Santa Marta, y entonces yo nunca sería capaz de decir que yo habría hecho lo de Mancuso o cualquier colombiano [lo habría hecho], entonces yo no soy colombiano pues, porque no habría sido capaz de hacer eso…».

Inmediatamente de la Espriella replicó visiblemente airado: «¡Pero yo no dije eso! […] Óyeme, perdóname, ¡no seas tan imbécil! […] Te dije que yo me hubiese armado, pero no hubiera hecho daño a la población civil…».

¡Pero si Mancuso hizo todo lo contrario!

Antes, en el mismo debate de La W, de la Espriella había dicho: «Por supuesto que las autodefensas se equivocaron con el negocio del narcotráfico, por supuesto que cometieron delitos y allí [en Estados Unidos] los están pagando. A diferencia de las FARC, no resultaron premiados: el premio fue un avión para los Estados Unidos y allí están en cárceles federales pagando fuertísimas condenas». Con eso, no sólo expuso la típica versión distorsionada sobre la supuesta justicia que hubo tras la aplicación de la Ley 975 de 2005 o Ley de Justicia y Paz —como si la justicia consistiera únicamente en penas de cárcel por un delito moralmente menor ante los crímenes cometidos por los paramilitares, recientemente declarados de lesa humanidad por la Corte Suprema—, sino que dio a entender que Estados Unidos juzgó tales violaciones a los derechos humanos. Falso. De la Espriella invisibiliza las atrocidades paramilitares cuando deberían tener el mismo rechazo vehemente que expresa contra las atrocidades de las FARC.

Es patente la doble moral de de la Espriella, cómo matiza con retórica los «delitos» paramilitares, y Ávila hace explícita esa jugada, sin importarle la inmensa furia de de la Espriella. Y es que en el fondo está en juego la memoria de la historia reciente del país, el asunto de qué debe ser recordado, aspecto manipulado hasta la saciedad por el poder político del uribismo. Y es que, ¿cómo debemos recordar a un jefe ‘para’ como Mancuso? ¿Como el hombre que dio un gran ejemplo para todos los cordobeses, como dice de la Espriella, al alzarse en armas en respuesta a extorsiones y asesinatos de las FARC? ¿O como el cordobés responsable de «homicidio y tortura en persona protegida, toma de rehenes, desaparición forzada, desplazamiento forzado de población civil, y tráfico, fabricación o porte de estupefacientes»? Este es el campo de lucha por la memoria.

Cuando el propio Mancuso hizo explícita su intención de acogerse a la JEP, no lo hizo para detallar su «gran ejemplo», sino para contar esa otra historia que el uribismo con sus abogados ha querido invisibilizar o matizar: la del exterminio y despojo narcoparamilitar y sus vínculos con empresarios y políticos. Ariel Ávila lo pide una y otra vez: ¡que todos se acojan a la JEP! El país, más que cárcel por delitos de narcotráfico, necesita reconstruir y conocer la verdad histórica del conflicto armado con FARC, que involucró una compleja trama de actores «legales» e ilegales pletórica de vínculos entre élites empresariales regionales, fuerzas narcoparamilitares, funcionarios estatales y élites la política tradicional.

De parte de los principales integrantes del partido FARC se exige lo mismo: más que cárcel, verdad y reparación. Esto suena a una consigna carente de contenido, pero lo cierto es que este proceso de paz sí diseñó un mecanismo de justicia transicional que privilegia la verdad, y si los principales miembros del partido FARC no aportan esa verdad, se ven expuestos a perder sus curules y a una pena de cárcel. El partido FARC tiene que cumplir y responder, confesar los crímenes de sus miembros. Además, la FARC ya recibió la primera sanción moral electoral por su actuar armado como organización guerrillera: tuvo algo más de 85.000 votos en su primera incursión en la política democrática liberal, menos del 1% de la votación.

Sin embargo, pese a que el partido FARC llega como una minoría en el Congreso, las «fuerzas alternativas» de izquierda y «centro» agrupadas en la Alianza Verde, Polo y Decentes, que también son minorías, tendrán en algún momento que vérselas con él y tejer alianzas en momentos clave. En total, las «fuerzas alternativas» reunidas suman 27 escaños de 107 en Senado y 21 de 167 en Cámara. Una gran minoría opositora para un Congreso históricamente dominado por la derecha política liberal-conservadora primero y uribista-santista después, pero minoría al fin y al cabo.
En fin, un escenario interesante para unas «fuerzas alternativas» fragmentadas, que estrenan Estatuto de Oposición y deberán mostrar si se burocratizan y elitizan o, antes bien, pueden articularse efectivamente a las demandas de los movimientos sociales y las minorías. Y si pueden vencer, por el bien del país, la historia política reciente tergiversada para su impunidad por el uribismo y sus áulicos rabiosos, como De La Espriella. Ojalá el partido FARC cumpla con su parte y esclarezca su rol y accionar real en el conflicto armado. Hay que estar atentos.
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Camilo David Cárdenas Barreto. Licenciado en Filosofía por la Universidad Pedagógica Nacional y estudiante de Ciencia Política de la Universidad Nacional. Me gusta escribir y hacer análisis político de coyuntura. Muchas gracias por leerme. Contacto: cdcardenasba@unal.edu.co