#AprendiendoCositas: ¿somos Millenials o somos el precariado?

by Edición 59 | Hekatombe
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El termino Millenial es engañoso. Nos lleva a creer que la forma como nos entendemos a nosotras y nosotros mismos y entendemos lo que nos rodea es connatural a una generación en términos del ciclo vital que atravesamos. Que es un asunto juvenil la incertidumbre en el trabajo y en la vida en general, que es normal que los impuestos que pagamos sean usados para subsidiar a los grandes empresarios y banqueros antes que para garantizar unas condiciones de vida digna para las ciudadanías de a pie. Que la política y lo político no tiene que ver con la gente del común sino con algunos “técnicos” que entienden a la sociedad como a una gran empresa compuesta de “recursos humanos y naturales” y no como una relación de equidad entre seres humanos y medio ambiente. Y que nosotras y nosotros, las ciudadanías de a pie, nos debemos interesar solamente por tener un (mal) trabajo y ser “emprendedores”, y acaso, por estudiar un carrera técnica o tecnológica.

A continuación compartimos un fragmento del libro Curso Urgente de Política para Gente Decente  del politólogo y sociólogo español Juan Carlos Monedero, en el que se explica, de una forma bastante didáctica, cómo las ciudadanías trabajadoras de hoy en día se pueden caracterizar como “precariado”, para hacernos notar cómo la incertidumbre y la fragmentación de las identidades colectivas, así como la prevalencia del individualismo y la privatización de lo público no son naturales sino que hacen parte de un momento histórico y que por ende, puede ser cambiado si nos interesamos y echamos mano de la política, que no es solo corrupción ni patrimonio de “técnicos” sino una relación y una herramienta útil para la transformación de realidades sociales antidemocráticas e injustas. 

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La perdida de los marcadores de certeza (y de precarios que sueñan con una cerilla y un bidón de gasolina). Pp. 31-34

Como recordaba Richard Sennett en su obra acerca de la corrosión del carácter en nuestras sociedades (las que otro sociólogo, Bauman, ha llamado sociedades líquidas), los trabajos ya no duran. Sin estabilidad laboral, ya no hay estabilidad ciudadana. Los vecinos ya no te construyen la biografía y la actividad laboral deja de ser el filtro a través del cual ves el mundo y el mundo te observa. Podría ser una bendición, pero en ausencia de una renta básica universal, carecer de trabajo significa también carecer, tarde o temprano, de derechos de ciudadanía. En un mundo donde no existe posibilidad de trabajar como no sea asalariándote (pocos son los que pueden acudir al autoempleo –y como HK agregaríamos, prosperar en el intento-), no tener faena está un grado por debajo de tener un trabajo basura […] ya no eres ni productor ni consumidor, puedes morirte como un perro.

El trabajo orientaba la opción política, la vida sindical, la lectura del país y de otros países. La total movilidad laboral es el sueño de los empleadores, aunque las sociedades se recienten. Una mayor movilidad baja los salarios (hay más gente dispuesta para el mismo trabajo). Si trabajas seis meses en una misma ciudad, seis meses en otra y quizá un año en la siguiente, aparece otro tipo de problemas. O tienes las facilidades de un diplomático o resulta difícil poder conciliar cualquier vida familiar o social. En la evolución de los test de aptitud laboral, dejó de ser relevante la capacidad de dirigir equipos para valorarse más la capacidad para deshacerse de los mismos. El desarrollo tecnológico, a diferencia de otros momentos de la historia, ya no crea empleo al ritmo que lo destruye. Máquinas construyendo máquinas. ¿Quién va a trabajar? ¿Quién va a consumir? No es tampoco extraño que el capitalismo devenga en pura depredación. Si nadie compra, lo que queda es especular o despojar las riquezas a los que las tienen y se dejan despojar.

La precarización del trabajo hace que el mundo occidental esté entrando en nueva fase de la historia. […] El ‘precariado’ se ha convertido en la promesa laboral universal del neoliberalismo y, por tanto, en la bomba de relojería que dinamitará el Estado social y democrático de derecho.

Esa nueva forma de trabajo –suma de ‘precario’ y ‘proletario’, como recuerda Guy Stading en Precariado- tiene como rasgo central el truncamiento de su estatus (que es lo que lo diferencia del trabajador tipo de los años sesenta del siglo XX). El estatus es el espacio de reconocimiento social vinculado al trabajo asalariado. Mientras un trabajador con ingresos bajos podía construir una carrera profesional (por limitada que fuera), al precario se le niega esa posibilidad. El precario carece de seguridad para emplearse, para mantener el empleo, para hacer carrera, no posee garantías ni seguridad en el puesto de trabajo y tampoco para reproducir sus habilidades e ir mejorándolas. Sus ingresos son tan menguados que pierde la seguridad para acceder a una vivienda, a sanidad, a educación. Y al no poder ejercer presión en la esfera productiva por su propia precariedad, tampoco puede representar colectivamente sus intereses.

El precariado carece de identidad basada en el trabajo, no tiene memoria social ni la sensación de pertenecer a una ‘comunidad ocupacional basada en prácticas estables, códigos éticos y normas de comportamiento, reciprocidad y fraternidad’. Curiosamente, en el mundo de la conexión y la información, el precario está aislado y fragmentado. La solidaridad entre los precarios es débil pues no existe el lugar permanente de encuentro que constituía la fábrica o la oficina (aunque cuando aparece, como en la Puerta del Sol de Madrid, nacen nuevas solidaridades –o en nuestro caso en la Plaza de Bolívar-). La sensación del precario es de estar siendo constantemente maltratado. Esa desigualdad –otra clave de nuestra época- genera enfado ante cómo les va a unos y cómo les va a otros aunque se hayan hecho los mismos deberes. Becarios permanentes que ven truncada cualquier posibilidad de ascenso por mucho que hagan lo imposible: aprender chino mandarín por la noche en Internet, hacer otro posgrado, llevarse más trabajo a casa, atender cualquier requerimiento de la empresa marcado por las exigencias de la competencia, moldear el cuerpo para ser más agraciados, incluir la sonrisa y la apariencia como un plus para la ‘empleabilidad’; convertirse, en suma, en un radical empresario de sí mismo y aun así ver que no hay muchas oportunidades para un trabajo decente.

Esta quiebra de las formas laborales guiadas por la seguridad genera un nuevo sujeto a la búsqueda de una nueva subjetividad en donde entenderse. En lucha contra la aversión (cierta envidia o resentimiento que lleva al desarraigo de quien no está dispuesto a más esfuerzos o al exceso de autoexplotación que caracteriza esa perspectiva laboral siempre amenazada). Con un pie constantemente en la anomia, esa pasividad nacida de quien espera sin esperanza. Sometidos a la ansiedad de saberes siempre al borde del abismo (bastará un error o un golpe de mala suerte para caer al lado oscuro). Con la frustración permanente de saber que se tiene muy poco y que, además, es muy fácil perder lo poco que se tiene. La perspectiva laboral que ofrece esta fase del capitalismo privatizador y competitivo conduce necesariamente a la alienación: frustrados profesionales que tienen profundas dificultades para desarrollar relaciones de confianza y, al tiempo, escuchan que tienen que ser positivos y sonreír.

El precariado está arrojado al mundo, a merced de unas fuerzas –los mercados- contra las que no puede hacer nada sino sumar resentimiento. La política podría ayudar, pero a fuerza de no controlar su destino, de vivir bajo formas de democracia representativa, de ser sujetos de los mensajes constantes que dicen que no hay alternativa, los precarios han terminado despreciando la política, perdiendo el único instrumento que realmente podría ayudarles.