La representación en la democracia representativa: algunas precisiones a propósito del voto en blanco

by Edición 56 | Sharon Barón
Visto: 465

Recientemente, la revista Semana realizó un debate a propósito del voto en blanco en segunda vuelta. Entre los asistentes se podía reconocer tres lugares: uno compuesto por quienes votarán en blanco, un segundo en el cual se encuentran quienes votarán por Petro y, por último, un invitado del Centro Democrático que votará por Duque.

Entre los temas tratados se cuenta la validez y la efectividad del voto en blanco. En efecto, el voto en blanco es válido -por algo es una opción en el tarjetón-, pero su efectividad es bastante cuestionable. Supongo que la imposibilidad de comprender el argumento en torno a la efectividad, que cuestiona al voto en blanco, se encuentra en un desconocimiento de cuál es el propósito y la naturaleza de la segunda vuelta. Básicamente, la segunda vuelta nos presenta dos opciones y, sí o sí, una de ellas será elegida. Mientras que en primera vuelta hay mayor número de opciones y, con ello, más posibilidades de que elijamos a quien mejor nos parece, en segunda vuelta sólo quedan dos opciones y una de ellas vencerá. El voto en blanco, en ese contexto, no únicamente es irrelevante porque no tiene ningún efecto electoral, sino que tampoco funciona en términos políticos amplios, puesto que su mensaje, que consiste en mostrar inconformidad con respecto a los dos candidatos, no va más allá de un número.

Aplaudiría la posibilidad de que el voto en blanco funcione al menos para hacer evidente que un amplio sector está inconforme con los resultados electorales de primera vuelta si hubiera una organización política detrás de dichos resultados que hiciera pensar que, en realidad, hay un buen número de personas en la oposición. Pero no es así. Los del voto en blanco no están ni medianamente organizados, sino que se han caracterizado por un individualismo extremo basado en el capricho y los intereses particulares. Como muestra de este individualismo extremo está la pobre comprensión de la representación. Y respondiendo a ello, haré algunas precisiones que es necesario que consideren para que sus decisiones políticas sean acordes con el funcionamiento del Estado.

En las democracias representativas se eligen gobernantes cuya función será representar al pueblo. Por ello la democracia es el poder del pueblo o el poder en el pueblo. Y cuando estamos hablando del pueblo necesariamente estamos haciendo referencia a las mayorías en sus intereses comunes. Es decir, el pueblo no es una sumatoria de individuos, sino que trasciende dicha comprensión: se trata de lo común en las condiciones y necesidades de los individuos. En este sentido, el deber del gobernante elegido es representar a las mayorías y cumplir con la voluntad de aquellos a los que gobierna.

Cuando ejercemos el derecho al voto estamos, básicamente, eligiendo un plan de gobierno, una serie de propuestas que nos son presentadas por los candidatos. Y en esas propuestas se encuentra la representación: se eligen las propuestas que logran responder a las necesidades e intereses del pueblo, de las mayorías. Por supuesto, estoy entendiendo aquí al pueblo en oposición a las élites. Deben primar, en toda forma de gobierno medianamente justa, los intereses y las necesidades de los menos favorecidos que siempre son mayoría. Cuando elegimos a determinado candidato lo que debe estar en mente es que las propuestas de ese candidato logren responder mejor a las necesidades del pueblo al cual representa. En este sentido, no elegimos a quienes mejor se adecúen a nuestros intereses individuales. Si la representación fuera una cuestión individual sería imposible elegir un gobernante, puesto que, no existe alguien capaz de representar a todos y cada uno con sus intereses particulares, necesidades particulares, deseos particulares, características particulares… La representación es colectiva, necesariamente.

Por lo anterior dicho, es absurdo que el argumento para votar en blanco sea “ninguno de los candidatos ME representa”. No se trata de eso, se trata de si dicho candidato y sus propuestas nos representan como pueblo, como mayoría. Entonces, es necesario preguntarse a cuáles intereses están respondiendo las propuestas de los candidatos y de quiénes son dichos intereses. Estos interrogantes me llevan a la segunda precisión: la democracia se trata de la representación de las mayorías no de las élites, por eso la democracia, sí o sí, incluye la ampliación de privilegios que han sido propiedad de pocos. Por esto me atrevo a hacer una aseveración: al preguntarnos por cuál gobernante representa nuestros intereses, en tanto mayoría o pueblo, es necesario considerar su compromiso con la democracia, pues sólo de este modo es posible reconocer si responde a los intereses de una élite política y económica o si responde a los intereses del pueblo. En este sentido, los candidatos que tengan nulo acercamiento con los movimientos sociales, con las colectividades de base, con los sectores sociales organizados cuyas demandas y exigencias son compartidas en acciones políticas, etc. son los menos indicados para gobernar en una democracia representativa, puesto que sus propuestas no recogen las propuestas ni las demandas hechas por quienes hacen política desde las bases.

Por lo tanto, un buen indicador de cuál candidato logra representar de mejor manera al pueblo es su acercamiento a los ciudadanos y, especialmente, a los ciudadanos organizados políticamente. Estas organizaciones colectivas y los movimientos sociales logran reunir y visibilizar las demandas de los sectores menos favorecidos y de las mayorías. Un candidato capaz de escuchar a las organizaciones y colectividades y que, además, cuente con el respaldo de los movimientos sociales es un candidato que, muy seguramente, sí es capaz de representar al pueblo.

En este sentido, la representación en las democracias representativas es una representación política que consiste en gobernar por y para el pueblo en sus necesidades e intereses comunes, no es una representación de individuos que esperan elegir un gobernante que responda a sus necesidades y caprichos particulares. La pregunta, entonces, nunca debe ser si el candidato ME representa (así, en primera persona del singular), sino si representa los intereses de las mayorías (NOS sería más adecuado) y un buen indicador para responder a esa pregunta es tener en cuenta el diálogo que ha entablado y entabla con los movimientos sociales, si cuenta con apoyo político de base, a cuáles intereses responden sus propuestas, de cuáles sectores son dichos intereses (si son una élite o es el pueblo) y si es un defensor o un enemigo de la democracia. Y un apunte para finalizar: los enemigos de la democracia se reconocen por su carácter belicista. Como bien afirma Chantal Mouffe la democracia radical debe consistir en poder convivir en el conflicto y en la diferencia sin que la forma de mediar dichos conflictos imborrables sea el uso de la violencia. Un demócrata radical debe poner el diálogo y los medios participativos por encima de la violencia y el exterminio del opositor. Un demócrata radical no ve en la guerra y la matanza del otro como el mejor camino para mediar los conflictos, sino que reconoce las diferencias y garantiza la existencia de estas en el diálogo.

________________________________
Sharon Barón | @SharonVeg1 | Licenciada en Ciencias Sociales, estudiante de Filosofía, activista antiespecista y feminista. Las letras son el aire que respira, la música es el suelo que la sostiene y los demás animales son su razón de ser. (Sigue) Exist(iendo)e por y para la transformación.