¡Alegría! las 1280 Almas explican las razones por las que votarán por la Colombia Humana

by Edición 55 | Stephanía Pinzón
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¡Alegría! Las 1280 ALMAS la banda que amo desde la tierna infancia anunció su voto por Ángela María y Petro. Se acabó la era de surfiar en sangre, llega el momento de pegarnos severa rumba en la 22. Los locos aquí vamos de nuevo en éste pueblo alimaña, para acabar más historias como la del platanal, porque por nuestras venas corre sangre rebelde y así sea bajo la lluvia el 17 de junio votaremos por la vida y como dice el último tema de ésta maravillosa banda, saldremos a la calle a dar la pelea.

A continuación su poética declaración.

VOTO EN ROJO Y NEGRO

Estamos petrificados.
Trino de Hernando Sierra. Guitarrista, 1280 Almas.

Que los anarquistas no votan. Que es hacerle juego al sistema. Sí, eso nos sigue pareciendo cierto.
¿Y entonces?

Entonces será qué, con dolor en el alma, está vez no calificamos de anarquistas. Porque esa posición, en la actual coyuntura de país, se parece mucho a la de los pretenciosos seudos que camuflan en el voto en blanco su inconfesable derechismo acomodado de pequeño-burgueses políticamente correctos.

Y no nos queremos parecer, ni por un segundo, a esa extraña gente de refinada insensibilidad a la que, honestamente, no entendemos. Seres anti-empáticos, o ya de plano antipáticos, incapaces de sintonizarse no con un caudillo -vade retro- sino con los humillados, los sin voz, los despojados, los asesinados y sus dolientes, los que siempre sufren, a pesar de tratarse de sus iguales y parientes, ese pueblo que somos, “como que todos somos hijos de vecinos”.

No, nos negamos a ser como ellos, gelatinosos, edulcorados y parapetados en constructos semi-filosóficos que no aguantan, a la luz de la historia, una revisión desapasionada. Hipócritas, pues sus verdaderas motivaciones son tan mezquinas que no se las pueden confesar ni a ellos mismos. Clasistas barnizados de librepensadores. Cortesanos exhibiendo su Ilustración como trajes nuevos en la pasarela de la opinión pública, preparando su aterrizaje entre los cojines de la complacencia con los poderes hegemónicos de turno.

Preparándose a ser cómplices, pero con la cara lavada, de las peores monstruosidades de nuestra historia reciente, contribuyendo con su calculada apatía a la trágica continuación de la impunidad y de la corrupción que permea "esta triste sociedad”, la misma que exalta y celebra la delincuencia de corbata como algo bien visto y aceptable entre la auto-denominada gente de bien. Corbata, plomo, motosierra, y ahora, además, tibieza. Eso sí que es combinación de formas de lucha.

Pues no. No en nuestro nombre. Aunque sepamos que nos estamos apuntando en la lista de los perdedores, que por otra parte, han sido siempre nuestra tribu, y no nos avergonzamos de decirlo. Nos avergonzaría estar del lado de esos vencedores que para serlo son capaces de llevarse por delante las vidas y los destinos de millones de personas, animales y ecosistemas. No podemos tener la caradura de plantarnos en la comodidad de no tomar partido, cuando eso no pasa de ser más que un saludo a la bandera, a esta bandera nuestra que chorrea obscenamente a borbotones desde su franja roja. ”Nunca saludaré tu cochina bandera".

Ya nos han hecho a todos sus cómplices inconscientes, y en masa, con el agobio de las deudas y los grilletes de sus bancos, con el adormecimiento que supura desde sus televisiones y sus teléfonos y sus cadenas de mentiras. Ya nos han hecho esclavos, trabajando en sus empresas y latifundios por sueldos de hambre que ni bien nos llegan nos arrancan de nuevo para regalárselo a las mafias de la salud y las pensiones. Y contando con la débil memoria de un pueblo sistemáticamente embrutecido y aterrado, pretenden devolverle plenamente el control a los perpetradores de esa estafa, entre otras lindezas, que nos ha convertido en más pobres, arrodillados y sumisos. Un cheque en blanco, como el voto, para que además de perpetuarse hagan desaparecer mágicamente sus abultados prontuarios.

Tocó votar, y por Petro, más allá de qué tan bien nos caiga y otras consideraciones que a la luz de lo que se viene resultan nimias y mezquinas.

Votar por Petro, “con un hueco en el corazón” porque probablemente sea una causa perdida, conscientes como hay que estar de que la inminente avalancha de ignorancia, fraude, fascismo y corrupción nos va a enterrar en mierda, como a los muertos viejos y nuevos destinados a la indignidad del olvido debajo de las aguas malditas de Hidroituango. Porque a pesar de todo preferimos estar despiertos, aunque sea más fácil el sueño de la indiferencia.

No se trata de escoger el mal menor. Se trata de pararse con firmeza en contra de la arremetida del mal verdadero y sus banderas de guerra, del advenimiento de la horrible noche, que nunca cesó, sólo se retrajo, se lamió las heridas con rencor y ahora regresa con renovada furia y la intención de eternizarse, a lomos de su cerdo de dos cabezas: la rabiosa y aullante ultra-derecha, erizada de dientes y crucifijos y supurando odio, y la del rostro dulce y sereno que nos mira condescendiente por encima del hombro, mientras por la comisura de su floja sonrisa escurre el hilillo de baba incolora de su voto en blanco.

No. No en nuestro nombre. Nuestra sangre quiere tener color todavía, nuestra voz no puede ser solo ruido blanco de fondo para esta tragicomedia de la muerte que es Colombia. Somos a lo sumo un grito, acaso nada más, pero con el puño en alto. Resistencia. Alegría.

Así que, a propósito de esta desazón aplastante y en celebración del inminente holocausto, les presentamos esta nueva canción, escrita en los albores de la debacle, a saber, al día siguiente del Plebiscito aquel, cuando quedó claro que debíamos, cómo no, abandonar toda esperanza.

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Por: Stephanía Pinzón. Me conocen en el bajo mundo como @TerribleStepha. Co-directora de la Revista Hekatombe.