Voto en blanco: hágase mi voluntad personal aunque la democracia perezca

by Edición 55 | Juliana Lucía Forigua Sandoval
Visto: 6349

El voto en blanco, para la Corte Constitucional, es una expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad con efectos políticos, que constituye una valiosa expresión del disenso a través del cual se promueve la protección de la libertad del elector. Visto así, parece un acto desobediente que grita ferozmente la inconformidad que sienten los ciudadanos con las alternativas disponibles en los procesos de deliberación electoral. De hecho, actualmente un sector importante de la ciudadanía ha optado por apegarse al voto en blanco como forma de protesta contra los candidatos presidenciales que pasaron a la segunda vuelta y que se disputarán el poder ejecutivo el próximo 17 de junio.

A primera vista, podríamos entonces pensar que el voto en blanco manifiesta la insatisfacción de algunos ciudadanos con el funcionamiento de la democracia y que simboliza una desobediencia mesurada y pacífica en contra de los resultados electorales de la primera vuelta. Empero, el voto en blanco en la segunda vuelta de las actuales elecciones presidenciales no tiene ningún efecto político. Así este se lleve una cuantiosa mayoría, es el candidato con más votos el que gobernará al país por los próximos cuatro años. De tal manera que el disentimiento manifiesto de los votiblanquistas no tiene en verdad voto y mucho menos voz. 

A pesar de su ineficacia, un número significativo de ciudadanos ha decidido votar en blanco, alegando que no se sienten representados por Iván Duque y Gustavo Petro. Ellos ven en este voto un camino para ser coherentes con sus más profundas convicciones y rechazan a ambos candidatos para rendirle fidelidad a su consciencia. Este aparente acto de heroísmo romántico es en mi opinión un símbolo de narcisismo y terquedad que demuestra la falta de empatía y solidaridad de estos votantes con la Colombia que sufre de cara el conflicto armado, la inequidad social y la violencia estructural.

¿Desde cuándo ser coherente con las convicciones personales es equivalente a hacer lo correcto? La coherencia absoluta y la defensa de las convicciones no son virtudes en sí mismas. Ser coherente con la conducta que se considera correcta no es razón suficiente para valorar dicha conducta como correcta. Pablo Escobar fue coherente con su visión de país hasta el final de sus días. Él creía firmemente que el narcotráfico era un medio legítimo para el desarrollo de Colombia pese a que su conducta violentó duramente a la ciudadanía. Así, las convicciones personales de Escobar dañaron incisivamente al país, y su lucha incansable por hacer valer su palabra como si fuera una verdad absoluta solo dejó heridas profundas en la sociedad civil. Bajo la misma línea, y guardadas las proporciones, el votante en blanco también equipara sus convicciones personales con hacer lo correcto, validando su elección de votar en blanco solo bajo sus consideraciones y coherencia personales.

La coherencia es una virtud solo cuando su compromiso entraña valores justos, no cuando enaltece la vanidad de un grupo de personas. Podemos pensar que el voto en blanco comunica algo valioso, y seguramente habrán situaciones en las que lo haga, pero hoy, aquí y ahora, solo muestra una actitud desobligante que no aporta ni soluciona la coyuntura política actual. ¿Votamos en blanco y luego qué hacemos? ¿Nos regocijamos en nuestro intelectualismo apático? ¿Expresamos actos simbólicos de inconformismo mientras los líderes sociales son asesinados, los campesinos son despojados de sus tierras y los niños vulnerables mueren de hambre día a día? En este contexto, votar en blanco no simboliza un disentimiento o una inconformidad con los candidatos en carrera, sino que declara en foro público que los votantes prefieren rendirse obedientemente ante el mandato de las mayorías uribistas, antes que sacrificar su opinión. Es más, los uribistas (o duquistas, como prefieren denominarse ahora) se convierten en mayoría electoral gracias a la decisión de esos votantes que prefieren el blanco, porque por simple aritmética la mayoría sería otra si tales electores eligieran al candidato Petro.

La coherencia, para ser virtuosa, también requiere un mínimo de análisis y crítica de las convicciones personales. Esto parece estar ausente cuando se cree de manera incauta que aquellos líderes políticos y excandidatos que están llamando a votar en blanco, lo hacen por pura “transparencia” e “independencia”. Más bien, eligieron esta opción tibia porque saben que sus seguidores tenían más probabilidad de adherir su voto a Petro, ya sea por una mayor cercanía ideológica con sus propuestas, o sencillamente por evitar que el uribismo vuelva al poder. Este llamado al voto en blanco es por tanto el reflejo de que tales personajes políticos prefieren cuatro años de un gobierno (el de Uribe o su designado) que ni siquiera los considera como rivales, en vez de un gobierno (el de Petro) que cuestiona abiertamente sus posiciones y les quita base electoral, tal y como sucedió en la primera vuelta. ¿O es que Uribe rivalizó con Sergio Fajardo cuando este último fue alcalde y gobernador en la principal plaza electoral del uribismo?

Con esto no estoy criminalizando al votante en blanco ni estoy defendiendo a ultranza a un candidato para invalidar la opción del voto en blanco. Solo quiero señalar que bajo el contexto electoral actual es mejor ser incoherente con la convicción personal pero coherente con la consciencia democrática, aquella consciencia que es por y para el otro, y cuyo cultivo nos exige pensar más allá de nosotros mismos y nuestras convicciones. Al hacer caso omiso a dicha consciencia solo se llegará a un resultado desfavorable para aquellos que no quieren un gobierno uribista, porque al permanecer divididos solo se le da vía libre a este gobierno, cuando la primera vuelta demostró que son más quienes se le oponen. Es necesario mancharnos las manos y renunciar al yo personal para salvar un nosotros que sí tiene voz y voto, y que es capaz de frenar un tercer mandato autoritario, anacrónico y guerrerista que es ajeno a la real voluntad del pueblo colombiano.

 *Nota editorial: las opiniones expresadas por el columnista no representan el medio.

__________________________

Por: Juliana Lucía Forigua Sandoval | @forigua_juliana Mala filósofa y fiel defensora de la desobediencia civil. Amiga de la casa Hekatombe.