Contra la indiferencia: sobre la importancia de la postura política

by Edición 42 | @DavidPinzonH
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La cultura política colombiana, cimentada en el miedo que deriva en el odio, es profundamente maniquea y para nada democrática. En la actualidad la tendencia es a promulgar ideas de extrema derecha y reproducir lugares comunes como “castrochavismo”, “ideología de género” y otros, o en su defecto, no pronunciarse, o pronunciarse tímidamente con tal de no “polarizar”. La cuestión reside en que la segunda actitud no construye democracia, por el contrario, su pasividad [o indiferencia encubierta] permite que se sigan reproduciendo las ideas profundamente antidemocráticas de la extrema derecha.

¿Ya leíste?: Sobre la polarización ya dedique algunas líneas en un artículo pasado: Escupo sobre lo “políticamente correcto". 

Compartimos a continuación un texto del joven Antonio Gramsci, del 11 de febrero de 1917, sobre la «no postura» que para nada construye democracia. Un llamado de atención para que por el contrario se tome una postura informada, argumentada y participativa y se asuma la política como campo de disputa y por ende de suma de voluntades individuales y colectivas para el cambio social, en un país en el que la tendencia es al fanatismo -de llegarse a tomar postura-, o al cruce de brazos con el “todos los políticos son iguales”, “la política solo es corrupción” y la de moda “no opinemos para no polarizar”, que lo único que hace es permitir que el orden de cosas existente siga igual de injusto e inequitativo.

Vale decir que el término «odio» debe ser leído en un sentido no literal sino polémico.

Si no sabe quién es Antonio Gramsci, le puede interesar: Antonio Gramsci: un pensamiento para el presente cargado de futuro.


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Odio a los indiferentes.

Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

De remate. El célebre y breve escrito de Bertolt Brecht:

BRECHT

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David Pinzón Hernández @DavidPinzonH | Integrante de la REVISTA HEKATOMBE.
Amante de las Ciencias Sociales.