#Opinión | Reflexiones impropias para una feminista

by Edición 39 | @JuliaBacardit
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"Los días del abandono de Ferrante es el primer libro que leo hasta mientras camino desde que soy adolescente", me dijo una amiga. Yo lo había comprado distraídamente meses atrás en una librería de Londres, así que me puse a leerlo. The days of abandonment, de Elena Ferrante, la escritora anónima que ha vendido miles de libros sobre su infancia en Nápoles.

El tema de Los días del abandono es un divorcio. La protagonista es una ama de casa con hijos que se ha olvidado de vivir por su cuenta y que entra en una espiral autodestructiva y depresiva cuando su marido se marcha con la niñera. Se olvida o tiene miedo de olvidarse el gas encendido después de cocinar, desaprende cómo abrir y cerrar la puerta de su casa con las llaves que ha usado siempre (con esa relación de desacuerdo ocasional que una puede tener con las llaves). Su cabeza está tanto en su exmarido que su cuerpo se niega a seguir con las pequeñas cosas importantísimas que hacemos a diario: recoger a los hijos del colegio, cocinar, cerrar el gas, hacer la compra. A pesar de olvidarse de sus hijos, de sentirlos como una carga insoportable, la patética alter ego de Ferrante llega a tratar de seducir a su exmarido preparándole uno de sus mejores platos. Lo hace en vano, claro, porque ninguna comida rompe la cadena liberadora de un amor nuevo con una jovencita.


Hay un pasaje en que la mujer abandonada saca a pasear al perro y le entra pis, y se pone a mear entre dos árboles del parque. Sus hijos aún no han cumplido diez años, pero ella los ha dejado en casa para pasear al animal. Bata de andar por casa, pelos de loca y bragas abajo para evacuar al aire libre, detrás de su residencia y a ojos de todos los posibles transeúntes. Ella, que siempre había sido una mujer pudorosa, elegante, jamás maloliente ni malhumorada, tampoco grosera. "Me sentí vejiga, intestinos, un animal nada más", y añade todavía que para entonces había perdido su objetivo biológico principal, es decir, el de acompañar a un hombre, SER a su lado.

Con esta frase sentí quemar el libro en mis entrañas. La narradora rota, antes de romperse era una mujer encantada de vivir de cara al otro, por el otro, en nombre del hombre que la ha dejado por la niñera pero cuya presencia no se desvanece —el olor corporal de él emana del despacho de la casa, fosilizado en su escritorio del modo en que los olores persisten impertinentes en los recuerdos.

II
La mujer rota de Simone de Beauvoir es uno de los libros que la ama de casa desquiciada (y también escritora, por supuesto) de Ferrante tiene encima de su mesa. En Los días del abandono, el alter ego de Ferrante señala los alter egos de Beauvoir en el recopilatorio de cuentos de La mujer rota.

De Ferrante salté a Beauvoir, casi por obligación, y también porque había conseguido el libro de la francesa por azar, rescatado de una caja de cartón repleta de libros que alguien había abandonado en la calle. El cuento que da título al libro de Beauvoir, que son cuatro cuentos sobre mujeres distintas en situaciones emocionales inestables pero diferentes, es una mujer abandonada por su marido y sus amigos. La mujer rota de Beauvoir está cerca de los cuarenta y malvive desquiciada en su sillón. Siente que la han tildado de viejo mueble inútil antes de serlo y sobre todo antes de tener ganas de serlo o de estar lo suficientemente agotada para serlo. Simone de Beauvoir es una feminista clásica, blanca y rica, tanto que puede dar pereza leerla. No tengáis pereza: La mujer rota son muchas. Narradoras distintas, burguesas y blancas todas ellas, pero únicas en sus insatisfacciones, y por los monólogos sublimes del libro, parece que la Beauvoir escritora haya sido todas ellas al menos una vez en la vida. Hay que escribir un poco desde la clase social en la que una vive, porque negarlo es negar la realidad.

El torrente creativo fruto del desamor femenino, la desesperación por la pérdida del hombre, no sólo es cosa de amas de casa blancas del siglo pasado como las heroínas de Beauvoir o de Ferrante. En su disco Lemonade, la diva Beyoncé narra la historia de su ruptura (y posterior reconciliación, con toda la parafernalia que esto supone) con el rapero Jay-Z. A estas alturas todos sabemos que hizo un trio con otras dos mujeres y fue descubierto. En su canción Hold Up, la cantante pasa un tiempo en el silencio de una burbuja-mansión mientras recita una poesía. Y la poesía habla de intentar ser suave, dulce, agradable, sexy, divertida; claro, todos queremos todo esto a nuestro alrededor. Tratar de ser agradable es parte de estar con el hombre al que amas. Si no eres agradable, si eres amarga, no habrá quién te aguante. Hasta que la burbuja estalla, la puerta de la mansión se abre y la diva grita de ira.

Cuesta imaginar cómo ser más bella y exitosa que Beyoncé, y aun así ella no se ve sin el otro, el tipo narizota bastante feo que dice ser su marido y que le ha puesto los cuernos alguna noche de alcohol y cocaína.

Beauvoir, Ferrante, Beyoncé. No tengo afán en equiparar sus talentos, pero las tres son creadoras de voces narradoras (porque, aunque resulte tentador, no hay que confundir a un autor o autora con sus narradores) distintas, todas ellas insatisfechas y muy cabreadas porque su hombre las deja, o las menosprecia, o se desenamora de ellas. A ninguna de estas narradoras parece consolarle el dicho de que "hay muchos peces en el mar": son monógamas de fábrica y han vivido para gustar y satisfacer y dar todo al hombre que eligieron, y este hombre se ha ido, o ha rectificado su elección y las ha sustituido.

De la competitividad con otras mujeres surge la ira. De haber canalizado los esfuerzos en quién te gustaría que fuera TU hombre, TU apoyo, TU felicidad, y en vez de esto se convierta en EL HOMBRE, el apoyo y la felicidad de otra.

III

Desengañémonos: cuesta mucho dejar de ver a nuestras potenciales parejas masculinas monógamas y heterosexuales como pilares de nuestra felicidad vital a corto y sobre todo a largo plazo. Vivir sin el amor del hombre al que amas sigue sin merecer la pena. Da igual lo bien que trates de tomártelo: es una monstruosidad. Y es una monstruosidad hasta que llega otro, como acude el vecino de la narradora divorciada de Ferrante a rescatarla de su -admitámoslo- naufragio emocional. Como si los hombres idóneos que nos enamoran y están dispuestos a quedarse a nuestro lado y ser nuestras parejas fueran un bien preciado valiosísimo, puro oro. Como si, para ellos, lo de quedarse con una mujer que les ama y les da amor 24/7 fuera un coñazo y nosotras tuviéramos que luchar continuamente contra esta idea de que estar con una mujer de igual a igual, codo con codo, es un coñazo. Y ¿por qué es un coñazo? Porque nos hacemos viejas, o más dependientes, o menos graciosas y bienolientes y más inseguras y vulnerables, más entregadas. Son efectos secundarios de la monogamia de larga durada.

Ser mujer (heterosexual, más) es ser mujer para el hombre. Como el ser para los demás de Heidegger, pero matizando un ser-para-el-hombre-idóneo. Sea lo que sea lo que entendamos por hombre idóneo, porque la mayoría de veces seguro que nos equivocamos respecto al significado o a los márgenes del significado de "un compañero idóneo". De hecho hay muchas teorías sobre cómo debe ser este hombre idóneo, diría que casi tantas como mujeres heterosexuales hay en el mundo, y tal vez también haya tantas tipologías utópicas de hombre idóneo como teorías feministas. El hombre idóneo del feminismo de la diferencia es "sé macho y protégeme suavemente a veces y fóllame salvajemente cuando quiero, pero no me pagues el cine", el del feminismo clásico "es sé macho pero no demasiado, protégeme, respétame y tampoco me pagues el cine", el de la teoría feminista queer es "no me penetres sin certificado expreso ni abras las piernas ni seas masculino", es decir, sé mi hombre negando tu hombría y tu inherente masculinidad clásica/retrógrada, lo cual es un buen lío y nos tiene a todas las heterofeministas confundidas. Luego está el hombre abiertamente machista que te paga el cine y te presenta a su familia y al mundo "como su mujer" para luego aborrecerte y demostrar su aborrecimiento limitando tu libertad, ignorándote o siendo infiel. Dicho esto, sé que hay un montón de alternativas. Poliamores, follamigos, compañeros queer que no tienen por qué ser hombres. ¿Pero nos convence esto a la larga y como norma, a la mayoría de nosotras feministas heterosexuales?

Lo que me cabrea de la condición femenina hetero es la convicción arraigada de que, a la larga, sin un hombre atado a la vera de la cama, siempre fiel y siempre el mismo hasta que nos enamoremos de otro, la vida es poco más que un naufragio. No detecto la misma actitud en los hombres, a pesar de que hay muchos que desean la estabilidad de una esposa y las vacaciones pagadas en un cámping repleto de niños todos los veranos. Hay algo en casi todas nosotras (¿también en Ferrante, en Beauvoir, en esa Rodoreda que en La plaza del diamante describió cómo repercute ser una esclava del peor patriarcado que hay, el de lanzarse voluntariamente a los brazos de un pequeño tirano?) que nos empuja a querer ser la señora de tal, aunque este tal sea, a ojos del mundo o de tu madre, un hombre cualquiera. Y no se trata solo de querer compañía, sino de la necesidad de rellenar un vacío que nos pesa (¿o que hacen que nos pese? ¿lo hacen las otras mujeres, los hombres, la sociedad? ¿o simplemente nos pesa porque, como dijo Raffaella Carrá, sin amantes no hay quién se consuele?) y que desaparece cuando llegan los hombres: el hombre atento, el protector, el follador, el padre, el libertario –EL hombre.

La peor parte de todo esto es que no sé si podemos ni si queremos combatir realmente la idea atávica del ser-para-el-hombre-idóneo que nos domina, o que igual simplemente me domina a mí a veces, cuando no me siento ni muy lista ni muy valiente. No quiero hablar en nombre de todas, hablo desde la intuición, desde lo que vi y oí pero sobre todo desde lo que sentí tantas veces en mi pecho: a mí me pesa el vacío, la idea de vivir siempre sin un hombre al que quiero y que me quiere a su vez. La perspectiva me aterra, y no sabría decir si es por mi culpa o si es por culpa de todos o si este vacío es, igual que la muerte o la enfermedad u otras formas de tristeza, algo inevitable que no nos permite juzgar a nadie.

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Por: Júlia Bacardit es periodista, colabora habitualmente en los diarios La Directa y Núvol. Hace parte del núcleo duro de la revista literaria catalana Branca.

Nota editorial: Las opiniones expresadas por el columnista no representan el medio.