Editorial: De Macondo a Tumaco. Un relato que no es ficción
by Edición 30 | Hekatombe
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Foto tomada de internet.

Al preparar esta editorial y transcribir los testimonios de los campesinos que fueron víctimas y sobrevivientes de la masacre del 5 de octubre en Tumaco, se apresuraron a nuestra memoria varios fragmentos de Cien años de Soledad.

"Cuando José Arcadio Segundo despertó estaba boca arriba en las tinieblas. Se dio cuenta de que iba en un tren interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre seca y le dolían todos los huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a dormir muchas horas, a salvo del terror y el horror, se acomodó del lado que menos le dolía, y sólo entonces descubrió que estaba acostado sobre los muertos".

La humildad, el desconcierto y la angustia se reflejan en los testimonios de los campesinos que presenciaron la masacre. “Íbamos llegando cuando, de frente la gente todo mundo se dio cuenta que fueron ellos”, ”Un soldado y un policía armaron la balacera”, “Todas fueron armas del gobierno”, “Un señor me pedía auxilio”, “Lo único que pido es que no vayan a acabar con el campesino”, “Como no pueden dar plomo con la guerrilla ahora van a acabar con los campesinos”.

Hasta ahora no se ha aclarado cuantos campesinos fallecieron. Inicialmente se hablaba de cuatro, pero hasta hoy el número ha ascendido de cuatro a 15 y se habla también de más de 50 heridos de gravedad. Los testimonios seguían pareciéndose a lo narrado por García Márquez, cuando el tren con los cadáveres de Las Bananeras, se iban perdiendo entre la incredulidad e indiferencia de la gente.

“Primero el comandante de policía dijo que iba a hacer una mesa de diálogo con todos los que estábamos ahí, que era lo que nunca se había hecho, entonces dijo que diera dos horas. A las dos horas nosotros comenzamos a retirarnos cuando ahí él le dijo a su gente que atacara, y entonces nos atacaron. Nos atacaron de una manera absurda, como a cuatro metros de distancia no más[…]. La paz era ésta? ¿Matando a los campesinos indefensos? De las 9:30 a las 11 nos atacaron […]. El comandante de la policía, el que está allá mismo operando dijo-Ataquen-”

No solo fueron armas del estado las que dispararon contra los campesinos, como siempre, y con la contundencia que acostumbran, los medios corporativos hicieron un arma de sus desaprensivos titulares. Uno tras otro iban hablando de “La versión de las autoridades”, resaltando con negrilla las partes importantes de sus artículos:

“Desde el 28 de septiembre se presentan dificultades en esta la zona de Alto Mira y Frontera, en donde cultivadores de coca se oponen a la erradicación de sus plantaciones de manera forzada. Aseguran que se está incumpliendo los compromisos pactados con el gobierno de hacerlo a través de sustitución.”

“Lanzaron al menos cinco cilindros bomba contra los integrantes de la Fuerza Pública y contra la multitud, que se encontraba en el lugar, y luego atacaron con fuego indiscriminado de fusiles y ametralladoras a los manifestantes y a las autoridades”, “ informaron las autoridades.”

Más tarde, y sin escatimar en desfachatez, el Ministerio de defensa y el presidente Santos, anunciaron una recompensa de $150 millones de pesos a quien diera información acerca de los responsables de los asesinatos cometidos en Tumaco. ¿Acaso es una especie de inversión de la regla a la que estaban sujetos con las recompensas, que ofrecieron a militares por asesinar jóvenes y hacerlos pasar por guerrilleros cuando fue Santos el Ministro de Defensa?.

Ésta vez la estrategia sería diferente, llevan a cabo la erradicación forzada, violando lo acordado en los puntos 1 y 4 de los acuerdos de La Habana no dando a los campesinos las garantías de sustitución concertada, y asesinan a quienes se resistan a la erradicación forzada. Luego muestran aparente indignación y dispersan en sus ya conocidos medios de comunicación aliados, que los autores de la masacre fueron un grupo disidente de las FARC, incluso dan nombre al supuesto asesino e intentan desesperadamente conmover a un país que ni siquiera presta atención a este montaje estilo Tennessee Williams, porque están desconcertados por otro perdida, y la culpa es de un alguien de apellido Ospina que no tapó como debía.

José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.

-Debían ser como tres mil -murmuró.

-¿Qué?

-Los muertos -aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.

La mujer lo midió con una mirada de lástima. «Aquí no ha habido muertos -dijo-. Desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo.»

¿Qué podemos esperar ahora?

La falta de humanidad y empatía nos ha llevado a no conmovernos por nada a menos que lo sintamos relativamente cercano. Para muchos, nada tiene que ver su día a día con un grupo de campesinos asesinados por defender su medio de subsistencia. “Al fin y al cabo cultivaban droga, y la droga es mala”, es el pensamiento y justificación más mediocre que seguramente predomina hoy. Pero no son solo cultivos de droga, son la forma de economía que se vieron obligados a asumir muchos campesinos en Colombia, son el medio por el cual obtienen la comida y unos mínimos de supervivencia frente al abandono del estado.

Ahora, con la implementación de los acuerdos con las FARC, con el desarrollo de las negociaciones con el ELN y con la propuesta de diálogos planteada por el EPL, solo queda exigir al gobierno garantías y cumplimiento. Porque no estamos para ingenuidades, para creer que hubo un “enfrentamiento” entre campesinos, disidentes de las FARC y Fuerza pública, en el que las únicas víctimas fueron los campesinos. No estamos para aceptar que no se sustituyan los cultivos según lo acordado y lleguen “Las autoridades” a literalmente, arrasar con la vida.

Se viene el 12 de octubre y con él las propuestas de paro y movilizaciones por parte de las universidades, de los campesinos, de los habitantes del sur de Bogotá, y ahora de los grupos y personas que condenan la masacre en Tumaco, las mentiras del gobierno y la completa ausencia de cumplimiento a su palabra. Queda en manos de cada uno y cada una, asumir su devoción por Colombia, ya no desde el estadio o el bar y con una camiseta (porque esa forma ya la conocemos de memoria), sino desde el corazón adolorido y con la indignación materializada en acciones.